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PORTADA
QUIÉN ERA SÓFOCLES?
EDIPO
Cuenta la leyenda que ante el palacio de Edipo
en Tebas, un grupo de ancianos y jóvenes, y al frente el
sacerdote de Zeus, yacían en actitud suplicante. En sus
manos llebavan ramas de olivo con cintas de lana. Entonces, Edipo
salió de palacio, y contempló la multitud en silencio,
hasta que alzó la voz y dijo...
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ANTÍGONA
La escena, frente al palacio real de Tebas. Al
fondo, la montaña. Cruza la escena Antígona, para entrar en palacio.
Al cabo de unos instantes, vuelve a salir, llevando del brazo
a su hermana ISMENE, a la que hace bajar las escaleras y aparta
de palacio.
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 ELECTRA
Existen ésta tragedia llamada Electra
de Sófocles y otra Electra de Eurípides cuyos argumentos
están basados en el mismo mito.
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ARTÍCULOS
SÓFOCLES Y EURÍPIDES
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CLÁSICOS
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Departamento de Filología Clásica. Universidad de Salamanca
LATÍN
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OVIDIO
Clásico Romano autor de Ars Amandi
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Sófocles y Eurípides: una lectura
filosófica
Ensayo de una interpretación de las tragedias griegas
desde el materialismo filosófico.
I. Las tragedias griegas desde la Poética
de Aristóteles
Nadie puede negar que la tragedia, en la antigüedad, constituía
uno de los mas fértiles canales de comunicación.
La gente acudía al teatro y escuchaba lo que le decían
los dramaturgos a través de sus personajes. Era, pues,
éste, un magnífico marco para la divulgación,
pero, ¿divulgación de qué? En este artículo
nos proponemos mostrar que lo que se divulgaba era filosofía,
filosofía griega. Aristóteles nos proporciona en
la Poética una visión filosófica del mundo
de la tragedia griega entre otros géneros. Para él
la tragedia y la epopeya coinciden en que ambas tienen por objeto
la imitación de personas nobles.
«Efectivamente la tragedia es mimesis de una acción
noble y eminente, que tiene cierta extensión, en lenguaje
sazonado con cada una de las especies de especias separadamente
en sus diferentes partes cuyos personajes actúan y no solo
se nos cuenta, y que por medio de piedad y temor realizan la purificación
de tales pasiones» (pág. P VI, 1449 b, 27-32, las
ediciones de las que tomo las citas, tanto ésta como las
que siguen, se encuentran indicadas en la bibliografía.)
La tragedia implica, para Aristóteles, en cuanto a los
caracteres, pensamiento. Pero la tragedia es fundamentalmente
acción, y su fin también consiste en esto. Los caracteres
les son impuestos a causa de sus acciones. Aquí se observa
una importante rasgos de los personajes de la tragedia: los personajes
no son felices o desdichados en virtud de sus caracteres, interpretación
psicologista de los personajes, sino que sus caracteres, su psicología
y, por tanto su modo de actuar, su felicidad o su desdicha, dependen
de las acciones que realizan, del entramado objetivo de hechos
externos en el que se mueven, en el que operan. La tragedia imita
acciones de las que el espectador deducirá cursos operatorios,
siendo este uno de los valores de la tragedia, y de las cuales
acciones se deducirán los caracteres segregándose
así el psicologismo. El pensamiento, por otra parte, consiste
en
«poder decir lo que hay en la acción y lo que corresponde,
lo que en los discursos es obra de la política y de la
retórica; en efecto, es así que los antiguos poetas
hacían que los que hablaban lo hicieran de una forma política
y los contemporáneos de una forma retórica»
(VI 1450 b, 6-11, pág. 57).
De aquí se desprende que el pensamiento consiste en analizar
y explicar las acciones y lo que está implicado en ellas.
Pensamiento es también todo lo que se comunica por medio
del lenguaje, dónde no hay comunicación no hay pensamiento.
Para Aristóteles la poesía es mas filosófica
que la historia, puesto que «la poesía dice mas bien
las cosas generales y la historia las particulares» (IX
1451 b, 6-7, pág. 60). La historia contaría lo sucedido,
la poesía cantaría lo que es posible según
verosimilitud o necesidad.
En la poesía los caracteres son secundarios, solo son
meros eslabones de la cadena causal regida por la necesidad. También
el temor y la compasión se derivan, en las buenas tragedias,
del encadenamiento de los hechos, y aumentan a medida que disminuye
el azar. Es esencial a la tragedia el patetismo: «el acontecimiento
patético es una acción que hace morir o sufrir,
como las muertes en escena, los dolores vivísimos, las
heridas y demás cosas de este tipo» (XI 1452 b, 14-16,
pág. 63). Lo patético sirve para enlazar las dos
partes de la acción:
1. La peripecia: paso de una situación a la contraria
por parte de los héroes trágicos y de acuerdo con
la necesidad.
2. El reconocimiento: cuando los protagonistas descubren algo
que ignoraban, derivándose de ello amistad u odio en aquellos
que están destinados a la felicidad o a la desdicha.
La tragedia se ocupará esencialmente de las personas que
no merecen ser desdichadas pero lo son o lo acaban siendo. Esto,
a su vez provoca temor ya que introduce en el público el
sentimiento de identificación, a ellos también les
podría pasar.
Los caracteres de los personajes deben poseer cuatro características
fundamentales: bondad, adecuación, verosimilitud y uniformidad.
Vemos pues el mecanicismo y determinismo que acompaña a
todos los personajes (Eurípides empezará a romper
con este tipo de caracterizaciones). Con el fino análisis
aristotélico ya tenemos una muy sólida base para
hablar de la importancia filosófica de la tragedia en el
ámbito sociocultural griego. Las tragedias atenta y asiduamente
eran escuchadas por el público griego, transmitían
filosofía, ahora bien, ¿cuál?
II. Ética, moral y derecho en las tragedias
Dado que al hablar de las tragedias no puede uno olvidar a Hegel,
vamos a abordar en primer lugar un análisis de las tesis
hegelianas, lo cual servirá, a la vez, para clarificar
nuestra postura.
A. La posición de Hegel
La eticidad, al desarrollarse, escinde la sustancia ética
en dos categorías:
1. Ley subterránea o derecho de las sombras: incumbe a
la sangre y a la familia. Es ley divina, en tanto se encarna en
los penates familiares. Su virtud es la piedad y sus deberes son
los que impone la filia, afecto recíproco entre padres
e hijos o entre hermanos y hermanas, unidos por la identidad de
carne y sangre. Funda un deber ya que cada uno de los miembros
del grupo familiar es una individualidad insustituible y necesaria
para los otros miembros (es la ley del corazón, son insustituibles
en el corazón de cada miembro).
2. Ley humana: normas de la comunidad civil, del pueblo y de
la ciudad. Se expresa en la costumbre y, de forma consciente,
en el gobierno y en la palabra del gobernante. Trascienden siempre
el ámbito particular de cada ciudadano. Los ciudadanos
para el político son sustituibles. La muerte es un episodio
natural y el estado no la contempla, al contrario de la familia,
como un mal absoluto.
Con estas categorías se enfrentará Hegel a las
tragedias griegas: todo individuo, siendo a la vez miembro de
una familia y habitante de una ciudad, debiendo simultáneamente
venerar a los penates y obedecer a las nomoi, está inmerso
en una contradicción que es el eje de las tragedias griegas.
B. Nuestra posición
Compartimos, salvo pequeños detalles que luego especificaremos,
los conceptos hegelianos de ley divina y ley humana. El problema
lo vemos en que juzgamos el esquema hegeliano incompleto. Creemos
que la filosofía de Hegel se olvidó de la ética.
Sus dos categorías sirven para agotar el conflicto trágico,
pero no permiten llegar hasta el fondo de la mentalidad griega.
Creo que las dos categorías hegelianas, además,
deberían ser pulidas y depuradas por las siguientes razones.
La familia, el culto a los penates ¿no pertenecían
acaso a las costumbres de las polis griegas? No toda costumbre
debe ser encuadrada en la ley humana. Creo que lo correcto sería
considerar a la ley divina como moral y a la ley humana como derecho
o razón de estado.
Habría que distinguir tajantemente, Hegel no lo hace,
entre las normas que rigen un estado (que evidentemente fundan
costumbres) y las tradiciones y costumbres (mos, moris) de un
grupo social. Las primeras serían impensables sin un estado
regulado por un derecho, sea este mas o menos complejo.
Nosotros vamos a abordar el análisis de las tragedias
partiendo de tres categorías básicas: ética,
moral y derecho (a veces razón de estado). A continuación
vamos a clarificar estos términos.
B.1 Ética
Ética: vamos a entender la ética en el sentido
en que fue expuesta por Espinosa en las proposiciones 58 y 59
de la parte tercera de su ética «escolio: refiero
a la fortaleza todas las acciones que derivan de los afectos que
se remiten al alma en cuanto que entienden, y divido aquella en
firmeza y generosidad. Por firmeza entiendo el deseo por el que
cada uno se esfuerza en conservar su ser, en virtud del solo dictamen
de la razón. Por generosidad entiendo el deseo por el que
cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón,
en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante
la amistad».
Las virtudes éticas derivadas de la fortaleza, en tanto
atienden a la existencia real corpórea del individuo, son
totalmente universales. La moral y el derecho exigen muchas veces
el sacrificio de la ética: Antígona sabe que al
violar la ley de Tebas acabará condenada a muerte. Antígona
sacrifica su firmeza (perseverar en el ser) a sus deberes familiares.
No actúa éticamente sino moralmente. La ética
falta en el sistema hegeliano ya que no encaja en la ley divina.
B.2 Moral
Las costumbres que nosotros afirmamos como moral son las tradiciones
que han ido sobreviviendo en el grupo social (aquí es donde
entra la religión doméstica griega, el culto a los
penates). Aquí encaja, con las salvedades que antes hemos
señalado, la ley divina hegeliana.
B.3 Derecho
La moral, en tanto que es indisociable de la ética puesto
que la comunidad está compuesta por hombres corpóreos
que, a su vez, se hacen personas en el contexto socio-político
de una comunidad jurídica, está condenada a vivir
en dialéctica y conflicto permanentes con la ética.
Aquí es donde entra el tercer elemento: el Estado (regulado
por un Derecho). Al Estado es a quien le incumbe solucionar los
conflictos entre ética y moral, pero esto provoca a su
vez nuevos conflictos. A continuación vamos a presentar
un esquema que recoge todos los conflictos posibles:
Categorías Tipos de conflictos Ejemplos trágicos
Etica I. «ética» contra «moral»
II. «ética» contra «Estado»
Moral III. «moral» contra «ética»
Antígona
(arriesga su vida)
IV. «moral» contra «Estado» Antígona
(contra Creonte)
Estado-derecho-razón de Estado V. «Estado»
contra «ética» Ifigenia en Aúlide
(matar por razón de estado)
VI. «Estado» contra «moral» Ifigenia (Agamenón
no debe sacrificar a cualquiera, sino a su propia hija)
En este esquema, que es lo que vamos a desarrollar en lo que
resta de trabajo, se sientan diferencias básicas entre
Sófocles (gran defensor de la moral) y Eurípides
(gran defensor del Estado), pero nos dice también algo
muy importante: el espacio de la ética queda vacío
(esto es lo que pasa por alto Hegel). Ninguna tragedia plantea
una cruzada de la ética contra la moral o contra el Estado.
Ni Sófocles ni Eurípides eran autores éticos.
La vida en Grecia era un valor despreciable. Pero ¿acaso
debe extrañarnos el hecho de que ni Sófocles ni
Eurípides hagan valer la ética? Como nos dice Hannah
Arendt: «Por lo tanto sólo era libre quien estaba
dispuesto a arriesgar la vida; no lo era y tenía un alma
esclava quien se aferraba a la vida con un amor demasiado grande
un vicio para el que la lengua griega tenía una palabra
específica» (pág. 73). Esta palabra es philosychia.
Tal vicio era propio de esclavos y sirvientes (recordemos la Dialéctica
del Amo y del Esclavo de Hegel) por lo que ningún trágico
haría que sus héroes profesasen semejante filia.
Este tipo de conflictos son el argumento de obras sofócleas
tales como Antígona y Edipo en Colona y de obras de Eurípides
tales como Ifigenia en Aúlide (que conoció una actualización
en manos de Goethe). El héroe trágico no es un héroe
con conflictos psicológicos, remitimos al punto primero,
sino que es un hombre que se encuentra entre la espada y la pared,
entre la moral y el derecho.
C. Análisis concreto de algunas obras
C.1 Edipo en Colona de Sófocles
Edipo, viejo y ciego, vaga por el mundo sin más compañía
que la de su querida hija Antígona. Ésta es la única,
junto con su hermana Ismene, que siente compasión por su
padre, mientras sus hermanos, Polinice y Eteocles, mantienen una
encarnizada lucha por el poder de Tebas, sin preocuparse por la
desgracia de su padre, incluso habiéndola causado, como
en el caso de Polinice.
Antígona e Ismene representan el comportamiento moral
por excelencia en la fidelidad a su padre, llegando incluso a
desobedecer las leyes de la ciudad. Por el contrario, los hijos,
se nos muestran como moviéndose en el ámbito del
Estado, en el del poder político, el de la lucha por el
control de la ciudad de Tebas. Eteocles no tiene el más
mínimo reparo a la hora de expulsar a su hermano mayor
de la ciudad y del trono, pero tampoco éste tuvo mayor
problema en desterrar a su anciano y desgraciado padre, ni tendrá
problema ahora en arremeter ferozmente contra Tebas en una expedición
en la que le acompañaran seis caudillos más (los
siete contra Tebas, argumento de la obra de Esquilo del mismo
nombre). La familia, la moral, es destrozada por motivaciones
de orden político y estatal. Reproduciremos aquí
las palabras con las que Antígona convence a su padre para
que escuche a su hermano Polinice, apelando a su paternidad:
«Tú lo engendraste, padre. Ni aun cuando te hubiese
hecho las injurias más abominables, fuera razón
que tú lo maltratases en pago. Déjalo, pues, que
venga; también otros han tenido hijos malos y vivos resentimientos,
y con todo se han dejado amansar al conjuro y cantilena de sus
amigos. Tú desvía la atención de los presentes
males y vuélvela a los que antaño te dejaron tu
padre y tu madre; si los miras bien, yo no lo dudo, entenderás
qué malos son los frutos de una mala pasión. Ahí
tienes como recuerdo, y un poco instructivo, las cuencas vacías
de esos ojos. Cede, pues, en nuestro obsequio. Razón es
que quien pide lo que es justo no tenga que hacerse importuno,
y es también razón que sepa conceder un favor quien
está siendo colmado de favores». (págs. 162
y 163).
Por el contrario Polinice, cuando al fin se presenta ante su
padre, es sólo para pedirle que apoye su expedición
contra Tebas (sin perjuicio de que la visión de su padre
y hermanas llegue a conmoverle y a hacerle sentir cierto arrepentimiento)
ya que, según los oráculos, quien tenga el apoyo
de Edipo vencerá. En la contestación que obtiene
de su padre, y que reproducimos a continuación, es donde
se observa la toma de partido de Sófocles por la moral
frente a los asuntos políticos y del Estado que tanto tienen
que ver con el poder:
«¡Infame! Cuando poseías el cetro y el trono
de Tebas, que ahora te ha quitado tu hermano, tu me desterraste
a mí, a tu padre, y me dejaste sin patria; tú me
hiciste llevar estos vestidos que te arrancan hoy lágrimas
con solo verlos, hoy que te ves tú mismo en males semejantes
a los míos.
»No es tiempo de lamentaciones ahora; [...] por gracia y
merced tuya ando yo mendigando por el mundo el pan de cada día,
y si no hubiese engendrado, para apoyo de mi vejez, a estas hijas,
ya hubiera fenecido cuanto de tu parte estaba. Éstas me
dan la vida; éstas son mi sustento; éstas son hombres,
y no mujeres, en todo lo que es trabajar [...].
»No, jamás rendirás tú aquella ciudad,
antes caerás bañado en sangre, y tu hermano como
tú. Éstas son las imprecaciones que contra los dos
lancé en otro tiempo, y ahora las conjuro a que vengan
como aliadas mías y se cumplan, para que os dignéis
respetar a vuestros padres, y para que no os burléis, por
verle ciego, de quien os engendró tales. No lo han hecho
así estas niñas. En manos de esas maldiciones quedan
todas tus plegarias y todos tus tronos, si es que en las leyes
eternas todavía la tradicional Justicia está sentada
junto a Zeus» (págs. 169, 170 y 171).
Pero Polinice, destrozado tras las palabras de su padre, todavía
apela a sus hermanas para que, cumpliendo con su deber familiar,
le den sepultura al fallecer en el ataque contra Tebas (esta será
la acción que desencadenará la Antígona).
Polinice sabe que avanza hacia una muerte segura, pero no puede
dar marcha atrás, aunque sea para salvar su vida, a pesar
de los ruegos de Antígona, deseosa de impedir el mutuo
asesinato entre hermanos y la destrucción de la patria.
C.2 Ifigenia en Aúlide de Eurípides.
El planteamiento de la Ifigenia es el siguiente: Agamenón,
obligado por los oráculos, debe sacrificar a su hija Ifigenia
para que las tropas aqueas, detenidas en Aúlide, puedan
proseguir su camino hacia Troya. Vemos de nuevo aquí planteado,
en todo su dramatismo, el clásico conflicto entre moral
y Estado (en este caso toma la forma de Razón de Estado).
Agamenón, que en un primer momento había llamado
a su hija con el pretexto de casarla con Aquiles, intenta luego,
enviando otra carta, impedirlo, ya que, después de reflexionar
mucho sus obligaciones como padre le parecen estar por encima
de sus obligaciones como caudillo. Aún así sus propósitos
son frustrados, su carta es interceptada por Menelao, y su hija
acaba llegando al campamento, acompañada por su madre y
por su hermano, creyendo que el objetivo es su casamiento. Agamenón
decide seguir con el engaño, entonces, pero Yocasta, la
madre, descubrirá, tras un encuentro casual con Aquiles,
toda la verdad, lo cual conmoverá tanto al héroe
que se comprometerá a proteger a Ifigenia.
En esta parte de Ifigenia asistimos a las súplicas de
madre e hija, apelando constantemente a la obligación de
Agamenón para con su familia, mientras Agamenón
se defiende con la apelación a su deber como caudillo ateniense,
por mucho que le aflija cumplir con él. Reproducimos aquí
parte del diálogo entre Agamenón y su hija:
«Ifigenia Yo la primera que te llamé padre,
y tú a mi hija; yo la primera, sentada en tus rodillas,
te infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así
hablabas tú: «¿ Te veré feliz algún
día, ¡oh hija!, al lado de tu esposo, llena de vida
y de vigor, como mereces?» Y yo a mi vez te decía
estas palabras, cerca de tus mejillas, que ahora tocan mis manos:
«¿Y qué haré yo contigo? ¿Te
recibiré anciano en premio de las penalidades que sufriste
al criarme?» Conservo el recuerdo de estas palabras, pero
tú las olvidaste y quieres matarme.
Agamenón Conozco sin duda, cuándo debo compadecerme
y cuándo no, y amo a mis hijos, que de otro modo sería
insensato. Mucho, ¡oh mujer!, me aflige realizar mi proyecto,
mucho también no osarlo, pero es mi deber. [...] No me
arrastrará Menelao, ¡oh hija!, ni me conformaré
con su opinión, sino Grecia me obliga, en cuyo provecho,
ya quiera o no, he de inmolarte, porque somos más débiles.
Conviene que sea libre en cuanto de ti y de mí dependa,
¡oh hija!, y que los bárbaros no roben a los griegos
sus esposas.» (pág. 346)
Como vemos Agamenón e Ifigenia se mueven en planos diferentes,
él como hombre de Estado, ella como hija. Cuando los griegos
se dirigen a reclamar a Ifigenia para el sacrificio, Aquiles se
dispone a defenderla, pero entonces observamos un drástico
cambio en la actitud de ésta, reproducimos aquí
sus palabras:
«Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra
tu esposo, pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por
su decisión a este extranjero; pero tú debes evitar
las acusaciones del ejército, y que por nuestra resistencia
sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye, madre, lo que pensando
se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte, y quiero que
sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza. Vamos,
madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera
tiene puestos en mí sus ojos, y en mi mano está
que naveguen las naves y sea destruida la ciudad de los frigios,
y que en adelante los bárbaros no osen robar mujer alguna
de nuestra afortunada patria, si ahora expían el rapto
de Helena por Paris. Todo los remediará mi muerte, y mi
gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia.
Ni debo amar demasiado la vida, que me diste para bien de todos,
no sólo para el tuyo. Muchos armados de escudos, muchos
remeros vengadores de la ofensa hecha a su patria, acometerán
memorables hazañas contra sus enemigos, y morirán
por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo?
¿Podremos resistirlo?[...] Doy, pues, mi vida en aras de
la Grecia. Matadme, pues; devastad a Troya. He aquí el
monumento que me recordará largo tiempo, esos mis hijos,
esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos han de
dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos,
que esclavos son unos, libres los otros» (págs. 352
y 353).
Vemos cómo el Estado triunfa en esta obra sobre la moral,
pero Eurípides nos presenta esto como lo correcto. Se afirma
la Razón de Estado sobre la familia, el bien común,
el de todo un pueblo, triunfa sobre todo lo demás. De hecho
el Deus ex Machina que acaba salvando a Ifigenia parece ser un
premio que le da el trágico por saber darse cuenta de cual
era su deber y qué era lo correcto.
C.3 Antígona de Sófocles
Antígona, en su empeño de dar sepultura a su hermano
obligada por los lazos familiares, representaría la moral,
que no la ética ya que su comportamiento le acabará
acarreando la muerte. La virtuosa Antígona se enfrentará
a las leyes de Tebas para dar cumplimiento a la promesa de sepultura
que dio a su hermano. Creonte deberá impedirlo ya que no
se puede dar sepultura a alguien que atenta contra la ciudad.
Al lograr Antígona su cometido será interrogada
por Creonte acerca de los motivos que la llevaron a violar las
nomoi de la ciudad. Ésta responderá así:
«No era Zeus quien imponía tales órdenes,
ni es la Justicia, que tiene su trono con los dioses de allá
abajo, la que ha dictado tales leyes a los hombres, ni creí
que tus bandos habían de tener tanta fuerza que habías
tú, mortal, de prevalecer por encima de las leyes no escritas
e inquebrantables de los dioses. [...] No iba yo a incurrir en
la ira de los dioses violando esas leyes por temor a los caprichos
de hombre alguno. Que había yo de morir ya lo sabía,
¿cómo no?, aunque no lo hubieses tú anunciado.
[...] Así que a mí, al menos, sucumbir en este lance
no me duele mucho ni poco: el que hijo de mi misma madre una vez
muerto quedase insepulto, eso es lo que me dolería.»
(pág. 216)
A lo que Creonte replica:
«Esta insolente, ha sabido andar al violar las leyes decretadas,
y después de haberlo hecho, aún es mayor esta su
segunda insolencia de jactarse de ella y reírse de haberlo
hecho. Pues a fe que no soy yo hombre y es hombre esta chiquilla,
si esta victoria ha de quedar por ella y sin castigo. Bien puede
ser hija de mi hermana y más pariente mía que todos
los adoradores de mi Zeus doméstico: ni ella ni su hermana
han de escapar a los suplicios más atroces, pues también
a la otra la condeno como cómplice del mismo enterramiento.»
(pág. 217)
Sófocles, frente a Eurípides, es el autor moral
por excelencia. Sus heroínas son heroínas morales
y su ternura es patente cuando contempla a estos personajes que
lo pierden todo en la defensa del mantenimiento de los vínculos
familiares. En Eurípides en cambio siempre triunfa el criterio
estatal.
III. Libertad en la tragedia
Como ya se puede deducir del primer apartado de este artículo,
la tragedia, las acciones trágicas, se rigen por la necesidad.
Los héroes trágicos no son libres, sino que se ven
insertos y arrastrados por una cadena de acontecimientos que marca
su final y los determina. Pero, aún así, caben muchas
diferencias entre la visión de Sófocles y la de
Eurípides. Eurípides es el autor de la política
y en este terreno, en Grecia, la libertad era la condición
sine qua non. La política se desarrolló en un espacio
entre iguales, entre hombres libres que se encontraban entre ellos
al margen de toda relación de dominio. En la familia el
hombre no era libre ya que no se movía entre iguales.
En este artículo no entendemos la libertad como libertad
de elección, concepto que, imperante hoy día, no
deja de ser fruto de la ideología burguesa por analogía
a la libertad de mercado (siendo ésta, además, en
esta concepción, una elección totalmente ficticia,
sería un caso de falsa conciencia), sino como un plan racional
a largo plazo (en el contexto del cual ya tendría sentido
hablar de una elección racional), según el cual
se van organizando las vidas de los hombres racionales y cuya
eficacia, es decir, cuyo grado de libertad, sólo es verificable
a la muerte del individuo. La libertad, consubstancial a la polis
griega, era incompatible en muchas ocasiones con la vida. Esto
es especialmente claro en obras como «Ifigenia» de
Eurípides. La libertad es acción, acción
racional y planificada. De acuerdo con esto, vamos a distinguir
dos tendencias en la tragedia:
Sófocles. En sus obras no puede encontrarse ningún
tipo de libertad. Queremos aclarar que, cuando hablamos de la
ausencia de libertad en Sófocles, nos referimos al resultado
global de cada una de sus tragedias. Da igual que los personajes
intenten actuar libremente, el mensaje de las tragedias de Sófocles
es que esto es imposible.
Teseo, Yocasta y Edipo intentará trazar planes racionales
para evitar las terribles consecuencias que les habían
anunciado los oráculos, pero ninguno de ellos logrará
escapar a su destino, fijado de antemano. Yocasta afirma en la
obra que es el azar quien lo mueve todo y que los hombres deben
vivir burlándose de los oráculos, pero este discurso
se verá pronto pisoteado en la obra, y Yocasta terminará
quitándose la vida ante la precipitación de los
hechos. Del mismo modo, ¿de qué libertad goza Electra
cuando, desesperada, afirma: «Entre tantas cosas malas no
puede una sino hacerse mala»?
Vemos, pues, cómo en Sófocles nos hallamos ante
un determinismo absoluto, de índole divino. No sorprenderá
a nadie ahora el dato de que las obras de Sófocles se centren
en el ámbito doméstico, privado, el único
donde el hombre libre no podía serlo. El enfoque cambiará
con Eurípides.
Eurípides. En este autor se ve un mucho mayor grado de
libertad de los hombres. Medea calcula fríamente lo que
va a hacer, sopesando los pros y los contras e incluso buscando
un país en el que refugiarse luego:
«Aunque tengo muchos medios de hacerlos morir, no sé,
¡oh amigas!, cuál emplearé primero: si incendiaré
el palacio nupcial, o si los atravesaré con el afilado
acero, entrando ocultamente en el aposento en que está
preparado el nupcial lecho. Sólo un obstáculo me
detiene: si al cumplir mi propósito me prenden, se regocijarán
con mi muerte. Lo mejor es matarlos con veneno, en cuyo arte soy
maestra. Sea así; supongamos que ya han perecido: ¿qué
ciudad me acogerá? ¿Quién me dará
hospitalidad, y me dejará libre, y me ofrecerá un
país seguro y un albergue que me inspire confianza?»
(págs. 100, 101)
Y he aquí las reflexiones de Medea cuando decide llevar
a cabo el más horrible crimen: asesinar a sus hijos inocentes.
«Entrad en el palacio, ¡oh hijos!; de perpetuo tormento
serviréis a ese hombre, que no debe asistir a mis sacrificios.
¡No se enervará mi mano! ¡Ah, ah!¡No
cometerás este crimen, ¡oh mujer!; déjalos,
desventurada, perdona ya a tus hijos: viviendo, allá contigo
serán tu encanto!... No, por los dioses, que moren en el
Orco con los ministros de la venganza; jamás los abandonaré
a los ultrajes de los que me odian. No hay más remedio;
que mueran, y ya que es preciso, yo que les di la vida, yo se
la quitaré. Resuelto está y se cumplirá.
Y la corona orna ya las sienes de la regia esposa y ya perece
con su peplo. Ya, ya emprenderé mi funesta fuga, y les
dejaré un legado aún más funesto... [...]
Ya comprendo, ya conozco en toda su extensión la horrible
maldad que voy a cometer; pero la ira es mi más poderosa
consejera, causa entre los hombres de las mayores desventuras.»
(págs. 122, 123)
La última afirmación parece que puede contradecir
nuestra tesis, ya que alguien que actúa dominado por las
pasiones, no es libre, pero no creemos que el crimen, que Medea
acaba cometiendo contra sus hijos, obedezca a otra razón
que no sea la de un frío cálculo racional, aunque
al principio aparezca vacilante.
En las demás tragedias hay fatalidad, destino, los hombres
son meros títeres en la cadena de los acontecimientos.
En «Medea» en cambio hay maldad y si hay maldad es
porque hay libertad. Medea actúa calculando, esto en Sófocles
es impensable. Eurípides es un dramaturgo profundamente
innovador: en sus personajes, en su tratamiento del héroe
trágico, en sus críticas a lo establecido (recordemos
el célebre parlamento feminista de «Medea»),
en su tratamiento de la religión griega... con razón
fue llamado «el filósofo».
IV. Concepción de la religión
desde las tragedias: las críticas de Eurípides
Demostraremos, acudiendo a las fuentes, que Eurípides
se inserta a la perfección en la línea filosófica
griega que se dedicó a criticar la religión politeísta.
En Ifigenia en Taúride, encontramos las siguientes palabras
en boca de Orestes:
«Ni los dioses, que se llaman sabios, son menos engañosos
que los leves sueños. Grande es la confusión que
reina en las cosas divinas y humanas. Sólo me duele que,
por obedecer a adivinos, perezca quien no carece de prudencia»
(pág. 389)
También en varias de sus obras, Eurípides nos muestra,
para censurarla, la crueldad divina. En Heracles loco encontramos
varios ejemplos:
«Anfitrión [a Zeus] Te derroto en virtud,
yo un mortal, a ti, un gran dios: porque no he traicionado a los
hijos de Heracles.» (pág. 101)
«Eres dios ignorante o no naciste justo.» (pág.
101)
«¡Hasta qué punto son para los hombres inseguras
las cosas de los dioses!» (pág. 92)
«A una diosa cuál ésta ¿quién
podría orar? Una que, celosa de Zeus por la cama de una
mujer, arruinó al bienhechor de Grecia, no culpable de
nada.» (pág. 144)
Encontramos también, en esta obra, la oposición
entre el dios filosófico y los dioses tradicionales (aunque
hay que recordar al lector que estas palabras son exactas a las
que Esquilo nos ofrece en Agamenón):
«Zeus, quien quiera que sea.» (pág. 143)
En otros famosos versos, Heracles arremete ferozmente contra
los dioses tradicionales:
«Yo ni creo que los dioses deseen los lechos que no son
lícitos, y que aten cadenas a las manos ni lo creí
digno jamás ni lo aceptaré nunca, ni tampoco que
el uno sea amo del otro. Pues el dios no precisa, si es de verdad
un dios, de nada: ésas son historias miserables de los
poetas.» (pág. 146).
Efectivamente, Eurípides se situaba así en la corriente
racionalista de crítica a los mitos y a la razón
politeísta, corriente que contó entre sus filas
a Jenófanes, Heráclito, los sofistas, Platón,
Aristóteles... Será este último el que ponga
el punto final a la religión griega con su concepto de
motor inmóvil o acto puro, que eliminaba ya cualquier forma
de religión y que sentará las bases del monoteísmo.
En las Bacantes, Penteo representa también la perspectiva
racionalista y crítica, actitud que le llevará a
su trágico final. Al oponerse al culto de Dioniso por su
inmoralidad, salvajismo, irracionalidad,... será cruelmente
castigado por impiedad (asebeia), siendo desmembrado por su madre
y su tía. Por el contrario Cadmo y Tiresias representan
la postura tradicional:
«Tratándose de ellos [de los dioses], dejémonos
de sutilezas. Respetamos las tradiciones de nuestros padres, sean
cuales fueren, y no habrá razón que las destruya,
aunque sea parto del más agudo ingenio.»
Pero, al final de la tragedia, Cadmo llega a recriminar a Dioniso
su excesiva crueldad, diciendo incluso:
«Los dioses no han de imitar a los mortales.» (pág.
480)
Otros ejemplos de excesiva crueldad divina los encontramos en
Hipólito que será horriblemente castigado por Afrodita
a causa de su misoginia, castidad y puritanismo. ¿Quién
puede evitar recordar, tras leer estos párrafos, las críticas
de Jenófanes, Platón o Aristóteles?:
Las críticas de Jenófanes al antropomorfismo
y a la atribución a los dioses de los peores acciones de
los hombres.
La crítica de Heráclito a la concepción
tradicional de los dioses.
La crítica platónica a la inmoralidad de los
dioses de Homero.
La crítica aristotélica a toda forma de religión.
Además, toda esta irracionalidad divina, que se muestra
de manera tiránica y feroz a los hombres, se halla fuertemente
intensificada, a través del contraste, por la generosidad
de muchos de los personajes de Eurípides. De esto es otro
buen ejemplo Heracles loco, donde encontramos personajes como
el de Teseo, que ayuda al desgraciado Heracles, tras haber éste
matado, cegado por la diosa Locura, enviada por Hera, a su mujer
e hijos. Hay en esta obra una exaltación de la familia
y de la amistad:
«Aquel que quiere poseer dinero o poder antes que amigos,
piensa mal.» (pág. 150)
Heracles, por otra parte, nos aparece como un héroe que
llega a perder su entereza, la que le pide el cargo, por decirlo
de algún modo, al ver lo que ha hecho. Es presentado como
un hombre capaz de sufrir y de llorar ante la aberrante acción
que ha cometido. Estamos pues ante una concepción bondadosa
del hombre. Frente a los crueles dioses los hombres aparecen compartiendo
el sufrimiento y apoyándose unos a otros en la desgracia.
Hay además otro dato fundamental que constituye una grandísima
novedad en Eurípides respecto a la tradición. Si
bien la concepción tradicional atribuía siempre
la responsabilidad de las desgracias o atropellos a los propios
hombres que a la vez los habían sufrido y dejando siempre
a los dioses exentos de responsabilidad, en Heracles loco, en
cambio, Hércules no es considerado culpable por el horrible
delito que acaba de cometer. Al contrario la culpa es achacada
sin ningún titubeo a la excesiva crueldad e irracionalidad
divina y Hércules será compadecido y confortado
(si es que una pérdida como la suya admite algún
tipo de consuelo a parte del de la compañía de un
amigo) en su sufrimiento.
El camino hacia una Razón monoteísta estaba pues
abierto, camino que acabará llevando a las tres grandes
religiones del Libro [Islam, Judaísmo y Cristianismo],
las más filosóficas en su doctrina. Eurípides
no estaba más que aportando su grano de arena a esta montaña
de críticas, pero él lo hacía, como nos dice
Carlos García Gual, desde la parresía de la escena
dionisíaca, desde la cual hacía tambalearse peligrosamente
los antiguos valores de un tipo de sociedad que se desmoronaba:
con sus críticas a la religión secundaria amenazaba
con destruir los propios fundamentos de los que nacía la
tragedia, y con su excesivo acercamiento de los héroes
trágicos al hombre de la calle, amenazaba con destruirlos.
V. La tragedia y la antropología filosófica:
la secularización de la tragedia
Para finalizar este artículo, vamos a intentar clasificar
las tragedias de Eurípides y Sófocles con respecto
a su inserción en un espacio antropológico [el concepto
del espacio antropológico lo tomamos del filósofo
Gustavo Bueno, y una exposición del mismo puede leerse
en su libro El sentido de la vida, en la editorial Pentalfa].
Vamos a considerar las relaciones que se dan en el campo de la
antropología, por lo que respecta a las tragedias, como
desenvolviéndose en dos planos: uno angular y otro circular.
De Sófocles a Eurípides se observa una secularización
de la tragedia, a pesar del Deus ex machina al que tanto le suele
gustar recurrir al final de sus obras. La secularización
la advertimos en lo que ya Aristóteles señaló
como principal en la tragedia, la acción.
El eje angular como marco para las tragedias de Sófocles.
Es Sófocles quien elige este eje para el desenvolvimiento
de sus tragedias. Los dioses controlan y determinan por completo
a los hombres, no hay manera de escapar a ellos y siempre impera
su voluntad. Todas las tragedias de Sófocles se desarrollan
bajo la sombra de un Dios. Además, las tragedias de Sófocles
están regidas por la desigualdad de poder, de los hombres
respecto de los dioses, pero al mismo tiempo por la semejanza
de acciones entre dioses y hombres, pudiéndose así
hablar de un espacio común. Por esto es por lo que encontramos
en Sófocles un pesimismo muy cercano al de la Ilíada
de Homero: «Ya nada que toque a mortal llamo yo feliz»
(pág. 83), nos dice en Edipo Rey.
El eje circular como marco para las tragedias de Eurípides.
Eurípides se desenvuelve en este eje en la mayoría
de sus obras. En ellas los hombres no se hallan tan directamente
determinados por los dioses, sino por sus propias pasiones. Son
las pasiones las que condenan a muchos de sus héroes. Los
héroes de Eurípides conocen lo bueno, pero aún
así hacen el mal, y muchas veces, no llevados por ningún
dios. En sus obras encontramos, al contrario que en las de Sófocles,
la igualdad (incluso entre hombres y mujeres, en cuanto a las
acciones, lo que será criticado por Aristóteles).
En Heracles loco un personaje se atreve incluso a ponerse por
encima de un dios, a nivel moral. Es el anteriormente citado texto
de Anfitrión. En todo el conjunto de esta tragedia, los
dioses son totalmente rebajados, mientras la fraternidad, el respeto
y el amor entre los hombres brilla más que en ninguna.
Como nos dice Arendt: «desde Homero, no existía una
tal escisión fundamental entre hablar y actuar [...] Que
hablar sea en este sentido una especie de acción, que la
propia ruina pueda llegar a ser una hazaña si en pleno
hundimiento se le enfrentan palabras, ésta es la convicción
fundamental en que se basa la tragedia griega y su drama, aquello
de lo que trata» (pág. 76)
VI. Esquema síntesis del artículo
y conclusiones
Preeminencia Eje angular del espacio antropológico Eje
circular del espacio antropológico
Moral Sófocles se sitúa en el eje angular, es defensor
de la moral y sus personajes no conocen la libertad Ausencia de
libertad
Estado Eurípides se sitúa en el eje circular, es
defensor del Estado y defiende la libertad humana, lo cual está
íntimamente relacionado con su concepción negativa
de la religión politeísta Libertad (y crítica
de la religión
En este artículo he ofrecido un análisis comparativo
de las obras de Sófocles y Eurípides. En ambos autores
asistimos a tesis de amplio calado filosófico, si bien
están expuestas en un lenguaje poético. Leyendo
las tragedias de ambos autores encontramos dos visiones del mundo,
de la política y del hombre muy dispares. Esto es lo que
he intentado reflejar en el esquema anterior.
Con Sófocles estamos ante un autor poco partidario de
la democracia, muy crítico con ella y con sus leyes. Un
autor que se refugia en la vida doméstica griega, vida
que atañe sobre todo a las mujeres y que se encuentra todavía
regida por las leyes antiguas y de índole religiosa, leyes
por cuya defensa dará su vida Antífona. No encontramos
en él una crítica feroz de los dioses y de la religión
griega, al contrario, sus mandatos son mucho más justos
que los mandatos de hombres como por ejemplo el tirano Creonte.
La ternura de Sófocles va dirigida a las heroínas
domésticas garantes de la familia y la moralidad religiosa.
Sus obras enseñan, remito a Edipo Rey, que el hombre nada
tiene que hacer frente al destino y que no es nada frente al infinito
poder de los dioses.
Con Eurípides en cambio asistimos a una visión
de las cosas totalmente distinta. Este autor es fuertemente estatalista.
La Grecia era un proyecto distinto a todo lo existente en la época.
Cierto es que se debatía en guerras intestinas y que nunca
hubo una estructura federal fuerte que articulase de una vez por
todas a las distintas regiones, pero también es cierto
que en la primera Guerra Médica los griegos se dieron cuenta
de que eran algo muy distinto del despotismo asiático.
En Eurípides esto, a mi juicio, está muy presente.
Ifigenia no se sacrifica por nada sino que llega a considerar
que su propia vida no vale nada frente al destino de Grecia que
se ha reunido para ir a combatir a Troya. Por eso el poeta recompensará
a Ifigenia y la salvará, porque ésta ha llegado
a la comprensión profunda de todo lo que estaba en juego.
Parecerá por lo dicho que Eurípides habría
de ser un autor que menospreciase al hombre, pero nada más
lejano de la realidad. Hay que defender la ciudad- estado porque
ella supone el único marco en el que el hombre puede llegar
a ser libre. La ciudadanía, las leyes, el espacio entre
iguales en el que se desenvolvía la vida política,
estas eran las llaves para la libertad del hombre. Es en la pólis
donde el hombre puede actuar, donde el hombre puede hablar y donde
el hombre puede superar las arcaicas leyes impuestas por divinidades
absurdas, divinidades irracionales y crueles, divinidades que
incluso a veces quedan por debajo de los hombres que increpan
a aquéllas por su desmesura y por su falta de justicia
a la hora de tratar entre ellos mismos y con los hombres. Por
eso Eurípides dejará sitio en su obra para la crítica
de las divinidades politeístas y por todo lo dicho es por
lo que en él hayamos la más genial de las plasmaciones
de la libertad humana, Medea. Este espléndido personaje
femenino actúa con libertad, no es una pelele del destino
ni se resigna ante lo que le pasa sino que actúa y responde.
Medea evalúa sus opciones, examina cuidadosamente las consecuencias
e interviene. Cierto que es malvada pero sólo si hay libertad
cabe la maldad. En un mundo donde nada depende del hombre no puede
haber maldad. Edipo no es malo, sólo puede resignarse y
sufrir porque el destino ha decidido cebarse con su familia. Medea
sí actúa y lo hace con plena conciencia. Es curioso
también que Eurípides eligiera a una mujer para
pintar su sublime retrato de la libertad humana. Quizás
el gran trágico tuvo la sensibilidad suficiente como para
darse cuenta de la difícil situación social y económica
de la mujer en la Grecia antigua, afirmación que no sería
muy descabellada teniendo en cuenta el célebre parlamento
en el que la heroína denuncia la penosa condición
de las mujeres. Al igual que dio a los héroes derecho a
llorar, véase Heracles loco, quizá también
quiso dar a una mujer la oportunidad de defenderse mediante la
palabra.
Bibliografía
Eurípides, Tragedias, Edición
de José Alemany y Bolufer. Edaf, Madrid 1983. De esta edición
hemos usado todas las obras excepto «Las Bacantes»
y «Heracles Loco».
Eurípides, Tragedias, Eurípides.
Edición de Francisco Rodríguez Adrados, Alianza
Editorial, Madrid 1990. De esta edición hemos tomado las
obras de Heracles Loco y La Bacantes.
Aristóteles y Horacio, Artes Poéticas,
Edición de Aníbal González. Taurus, Madrid
1987. Ésta es la edición que hemos manejado de la
Poética de Aristóteles y por la cual citamos.
Sófocles, Obras completas, Edición
de Ignacio Errandonea, Editorial Aguilar, Madrid 1966. De aquí
hemos tomado todas las citas que hacemos de Sófocles.
Espinosa, Ética, Edición
de Vidal Peña, Editorial Alianza, Madrid 1974.
Gustavo Bueno, El sentido de la vida,
Pentalfa, Oviedo 1997.
Hannah Arendt, ¿Qué es la política?,
Edición de Fina Birulés, Paidos, Barcelona 1997.
Hegel, Fenomenología del Espíritu,
Edición de Wenceslao Roces, Fondo de Cultura Económica,
México.
© Violeta Varela Álvarez
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