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PORTADA
QUIÉN ERA SÓFOCLES?
SÓFOCLES Y EURÍPIDES
Electra (Êléktra) o Laódice
era, de acuerdo con la narración homérica, hija
de Agamenón y Clitemnestra. Estaba ausente de Micenas cuando
su padre regresó de la Guerra de Troya y fue asesinado
(junto con Casandra, su concubina) por Egisto, el amante de Clitemnestra
o por la misma Clitemnestra.
Ocho años más tarde, Electra regresó de
Atenas con su hermano, Orestes. Según Píndaro, a
Orestes lo salvaron su vieja nodriza o Electra, que lo llevaron
a Fanote, tras el monte Parnaso, donde lo confiaron al rey Estrofo.
Cuando cumplió veinte años, el oráculo en
Delfos ordenó a Orestes que regresara a su patria y vengara
la muerte de su padre. Según Esquilo, se encontró
con Electra ante la tumba de Agamenón, donde ambos habían
ido a rendir honras fúnebres a los muertos, se reconocieron
y pusieron de acuerdo para que Orestes pudiera vengar a su padre.
Orestes, después de vengarse (en algunas versiones con
ayuda de Electra), se volvió loco, y fue perseguido por
las Erinias, cuya misión era castigar cualquier trasgresión
de los lazos de piedad familiar. Electra no fue acosada por las
Erinias.
Orestes se refugió en el tempo en Delfos. Aunque Apolo
(al cual estaba dedicado el templo délfico), le hubiera
ordenado vengarse, fue incapaz de protegerlo de las consecuencias
de sus acciones.
Al fin, Atenea (también conocida como areia) lo recibió
en la Acrópolis de Atenas y arregló un juicio ante
doce jueces áticos. Las Erinias reclamaron su víctima;
él presentó como atenuante las órdenes de
Apolo; los votos de los jueces estaban equitativamente divididos,
pero Atenea dio su voto de calidad a favor de la absolución.
Más tarde Electra se casó con Pílades, amigo
íntimo de Orestes e hijo del rey Estrofo, el mismo que
había cuidado a Orestes mientras se escondía de
su madre y de Egisto, su amante.
Existe una tragedia llamada Electra de Sófocles y otra
llamada también Electra de Eurípides cuyos argumentos
están basados en este mito.
EDIPO
Cuenta la leyenda que ante el palacio de Edipo
en Tebas, un grupo de ancianos y jóvenes, y al frente el
sacerdote de Zeus, yacían en actitud suplicante. En sus
manos llebavan ramas de olivo con cintas de lana. Entonces, Edipo
salió de palacio, y contempló la multitud en silencio,
hasta que alzó la voz y dijo...
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ANTÍGONA
La escena, frente al palacio real de Tebas. Al
fondo, la montaña. Cruza la escena Antígona, para entrar en palacio.
Al cabo de unos instantes, vuelve a salir, llevando del brazo
a su hermana ISMENE, a la que hace bajar las escaleras y aparta
de palacio.
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Clásico Romano autor de Ars Amandi
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ELECTRA
Electra en la tumba de Agamenón
1842-1921
Sir William Blake Richmond
PERSONAJES
PEDAGOGO.
ORESTES.
ELECTRA.
CORO DE DONCELLAS ARGIVAS.
CRISÓTEMIS.
CLITEMNESTRA.
EGISTO.
(Ante el palacio real de Micenas. Al fondo, la llanura de la Argólide.
Amanece.)
PEDAGOGO: ¡Oh, hijo de Agamenón, del jefe del ejército
ante Troya! Ahora te es permitido ver lo que siempre has deseado.
Esta es la antigua Argos, el suelo consagrado a la hija aguijoneada
de Inaco[1]. He aquí, Orestes, el ágora licia del
Dios matador de lobos; luego, a la izquierda, el templo ilustre
de Hera. Ves, créelo, la rica Micenas, adonde hemos llegado,
y la fatídica mansión de los Pelópidas[2],
donde, en otro tiempo, después de la muerte de tu padre,
te recibí de manos de tu hermana, y, habiéndote
llevado y salvado, te crié hasta esta edad para vengar
la muerte paterna. Ahora, pues, Orestes, y tú, el más
querido de los huéspedes, Pílades, se trata de deliberar
con prontitud sobre lo que es preciso hacer. Ya el brillante resplandor
de Helios despierta los cantos matinales de las aves y cae la
negra Noche llena de astros. Antes de que hombre alguno salga
de la morada, celebrad consejo; porque, en el estado de las cosas,
no ha ya lugar a vacilar, sino a obrar.
ORESTES: ¡Oh, el más querido de los servidores,
cuántas señales ciertas me das de tu benevolencia
hacia nosotros! En efecto, como un caballo de buena raza, aunque
envejezca, no pierde ánimo en el peligro, sino que levanta
las orejas, así tú nos excitas y nos sigues de los
primeros. Por eso te diré lo que he resuelto. Tú,
escuchando mis palabras con toda tu atención, repréndeme
si me engaño. Cuando iba a buscar el oráculo pítico,
para saber cómo había de castigar a los matadores
de mi padre, Febo me respondió lo que vas a oír:
«Tú solo, sin armas, sin ejército, secretamente
y por medio de emboscadas, debes, por tu propia mano, darles justa
muerte.» Así, puesto que hemos oído este oráculo,
tú, cuando sea tiempo, entra en la morada, para que, habiendo
averiguado lo que allí ocurre, vengas a decírnoslo
con certeza. No te reconocerán ni sospecharán de
ti, después de tanto tiempo, y habiendo blanqueado tus
cabellos. Diles que eres un extranjero focidio, enviado por un
hombre llamado Fanoteo. Y, en efecto, éste es su mejor
aliado. Anúnciales también, y júrales, que
Orestes ha sido víctima del destino por una muerte violenta,
habiendo caído de un carro veloz en los Juegos Píticos.
¡Que tales sean tus palabras! Nosotros, después de
haber hecho libaciones a mi padre, como está ordenado,
y depositado sobre su tumba nuestros cabellos cortados, volveremos
aquí, llevando en las manos la urna de bronce que he escondido
en las breñas, como sabes, a lo que pienso. Así
les engañaremos con falsas palabras, trayéndoles
la feliz noticia de que mi cuerpo ya no existe, que está
quemado y reducido a ceniza. ¿Por qué, en efecto,
me había de ser penoso estar muerto en las palabras, puesto
que vivo y adquiriré gloria? Creo que no hay palabra alguna
de mal augurio si ella es útil. He visto ya con mucha frecuencia
sabios que se decía muertos volver a su morada y verse
más honrados; por lo cual, estoy seguro de que yo también,
vivo, apareceré como un astro ante mis enemigos. ¡Oh,
tierra de la patria!, y vosotros, Dioses del país, recibidme
favorablemente; y tú también, ¡oh, casa paterna!,
porque vengo, impulsado por los Dioses, para purificarte con la
expiación del crimen. No me despidáis deshonrado
de esta tierra, sino haced que afirme mi casa y posea las riquezas
de mis ascendientes. Basta. Tú, anciano, entra y haz tu
oficio. Nosotros, salgamos. La ocasión apremia, en efecto,
y ella es la que preside a todas las empresas de los hombres.
ELECTRA (Dentro del palacio.): ¡Ay de mí!
PEDAGOGO: Me parece, ¡oh, hijo!, que he oído a una
de las sirvientas suspirar en la morada.
ORESTES: ¿No es la infortunada Electra? ¿Quieres
que permanezcamos aquí y escuchemos sus quejas?
PEDAGOGO: No, por cierto. Sin cuidarnos de cosa alguna, nos hemos
de apresurar a cumplir las órdenes de Lojias[3]. Debes,
sin preocuparte de esto, hacer libaciones a tu padre. Esto nos
asegurará la victoria y dará un feliz término
a nuestra empresa.
(Salen los tres personajes y hace acto de presencia ELECTRA.)
ELECTRA: ¡Oh, Luz sagrada, Aire que llenas tanto espacio
como la tierra, cuántas veces habéis oído
los gritos innumerables de mis lamentos y los golpes asestados
a mi ensangrentado pecho, cuando se va la noche tenebrosa! y mi
lecho odioso, en la morada miserable, sabe las largas vigilias
que paso, llorando a mi desgraciado padre, a quien Ares[4] no
ha recibido, como un huésped ensangrentando, en una tierra
extraña, sino de quien mi madre y su compañero de
lecho, Egisto, hendieron la cabeza con un hacha cruenta, como
los leñadores hacen con una encina. ¡Y nadie más
que yo te compadece, oh, padre, víctima de esa muerte indigna
y miserable! Pero yo no cesaré de gemir y de lanzar amargos
lamentos mientras vea el fulgor centelleante de los astros, mientras
vea la luz del sol; y, semejante al ruiseñor privado de
sus pequeñuelos, ante las puertas de las paternas moradas
prorrumpiré en mis agudos gritos en presencia de todos.
¡Oh, morada de Ades y de Perséfona, Herme subterráneo
y poderosa Imprecación, y vosotras, Erinias, hijas inexorables
de los Dioses!, venid, socorredme, vengad la muerte de nuestro
padre y enviadme a mi hermano; porque, sola, no tengo fuerza para
soportar la carga de duelo que me oprime.
(Entra el CORO, formado por mujeres de Micenas.)
Estrofa I
CORO: ¡Oh, hija, hija de una madre indignísima,
Electra! ¿Por qué estás siempre profiriendo
los lamentos del pesar insaciable por Agamenón, por aquel
que, envuelto en otro tiempo por los lazos de tu madre llena de
insidias, fue herido por una mano impía? ¡Que perezca
el que hizo eso, si es lícito desearlo!
ELECTRA: Hijas de buena raza, vosotras venís a consolar
mis penas. Lo sé y lo comprendo, y nada de esto se me escapa;
sin embargo, no cesaré de llorar a mi desgraciado padre;
antes bien, por esa amistad misma, ofrecida por entero, os conjuro,
¡ay de mí!, que me dejéis con mi dolor.
Antístrofa I
CORO: Y, sin embargo, ni con tus lamentos, ni con tus súplicas,
harás venir a tu padre del pantano de Ades común
a todos; sino que, en tu aflicción insensata y sin límites,
causará tu pérdida siempre gemir, puesto que no
hay término para tu mal. ¿Por qué deseas
tantos dolores?
ELECTRA: Es insensato quien olvida a sus padres víctimas
de una muerte miserable; antes bien, satisface a mi corazón
el ave gemebunda y temerosa, mensajera de Zeus, que llora siempre:
¡Itis! ¡Itis! ¡Oh, Nioba! ¡Oh, la más
desdichada entre todas! Yo te reverencio, en efecto, como a una
diosa, tú que lloras, ¡ay!, en tu tumba de piedra.
Estrofa II
CORO: Sin embargo, hija, esta calamidad no ha alcanzado mas que
a ti entre los mortales, y no la sufres con alma ecuánime
como los que son tuyos por la sangre y por el origen, Crisótemis,
Ifianasa[5] y Orestes, hijo de noble raza, cuya juventud está
sepultada en los dolores, y que volverá, dichoso, algún
día, a la tierra de la ilustre Micenas, bajo la conducta
favorable de Zeus.
ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada
y sin hijos! y ando siempre errante, anegada en lágrimas
y sufriendo las penas sin fin de mis males. Y él no se
acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de que le
he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto,
que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y
deseándolo, no vuelve jamás!
Antístrofa II
CORO: Tranquilízate, tranquilízate, hija. Todavía
está en el Urano el gran Zeus que ve y dirige todas las
cosas. Remítele tu venganza amarga y no te irrites demasiado
contra tus enemigos, ni los olvides mientras tanto. El tiempo
es un dios complaciente, porque el Agamenónida que habita
ahora en Crisa abundante en pastos no tardará siempre,
ni el Dios que impera cerca del Aqueronte.[6]
ELECTRA: Pero he aquí que una gran parte de mi vida se
ha pasado en vanas esperanzas, y no puedo resistir más,
y me consumo, privada de parientes, sin ningún amigo que
me proteja; y hasta, como una vil esclava, vivo en las moradas
de mi padre, indignamente vestida y manteniéndome de pie
junto a las mesas vacías.
Estrofa III
CORO: Fue lamentable, en efecto, el grito de tu padre, a su vuelta,
en la sala del festín, cuando el golpe del hacha de bronce
cayó sobre él. La astucia enseñó,
el amor mató; ambos concibieron el horrible crimen, ya
lo cometiera un dios o un mortal.
ELECTRA: ¡Oh, el más amargo de todos los días
que he vivido! ¡Oh, noche! ¡Oh, desgracia espantosa
del banquete execrable, en que mi padre fue degollado por las
manos de los dos matadores que me han arrancado la vida por traición
y me han perdido para siempre! ¡Que el gran Dios olímpico
les envíe males semejantes! ¡Que nada feliz les suceda
jamás, puesto que han cometido tal crimen!
Antístrofa III
CORO: Trata de no hablar tanto. ¿No sabes tú, caída
de tan alto, a qué indignas miserias te entregas así
por tu plena voluntad? Has, en efecto, elevado tus males hasta
el colmo, excitando siempre querellas con tu alma irritada. Es
preciso no provocar querellas con los que son más poderosos
que uno.
ELECTRA: El horror de mis males me ha arrebatado. Lo sé,
reconozco el movimiento impetuoso de mi alma, pero no me resignaré
a mis dolores horribles, mientras viva. ¡Oh, familia querida!
¿A quién podré oír una palabra discreta,
a qué espíritu prudente? Cesad, cesad de consolarme.
Mis lamentos no acabarán jamás; jamás, en
mi dolor, cesaré de prorrumpir en quejas innumerables.
Epodo
CORO: Te hablo así por benevolencia, aconsejándote
como una buena madre, para que no aumentes tu mal con otros males.
ELECTRA: ¿Hay una medida para mi dolor? ¿Está
bien no cuidarse de los muertos? ¿Dónde está
el hombre que piensa así? No quiero ni ser honrada por
semejantes hombres, ni gozar en paz de la dicha, si se me concede,
no acordándome de rendir a mis padres el honor que les
es debido, y comprimiendo el ardor de mis agudos gemidos. Porque
si el muerto, no siendo nada, yace bajo tierra, si éstos
no espían la muerte con la sangre, todo pudor y toda piedad
perecerán entre los mortales.
CORIFEO: En verdad, ¡oh, hija!, he venido aquí tanto
por ti como por mí. Si no he hablado bien, tú llevas
la ventaja y te obedeceremos.
ELECTRA: Ciertamente, tengo vergüenza, ¡oh, mujeres!,
de que mis lamentos os parezcan demasiado repetidos; pero perdonadme,
la necesidad me obliga a ello. ¿Qué mujer de buena
raza no se lamentaría así viendo las desgracias
paternas que, día y noche, parecen aumentar más
bien que disminuir? En primer lugar, tengo por mi más cruel
enemiga a la madre que me concibió; después, yo
habito mi propia morada juntamente con los matadores de mi padre;
estoy bajo su poder, y depende de ellos que posea alguna cosa
o que carezca de todo. ¿Qué días crees que
vivo cuando veo a Egisto sentarse en el trono de mi padre, y cubierto
con los mismos vestidos derramar las libaciones en ese hogar ante
el que lo degolló? ¿Cuando, finalmente, veo este
supremo ultraje: el matador acostándose en el lecho de
mi padre con mi miserable madre, si es lícito llamar madre
a la que se acuesta con ese hombre? Es de tal modo insensata que
habita con él sin temer a las Erinias. Antes bien, por
el contrario, como regocijándose del crimen realizado,
cuando vuelve el día en que mató a mi padre con
ayuda de sus insidias, celebra coros danzantes y ofrece víctimas
a los Dioses salvadores. Y yo, desdichada, viendo aquello, lloro
en la morada, y me consumo, y, sola conmigo misma, deploro esos
festines funestos que llevan el nombre de mi padre; porque no
puedo lamentarme abiertamente tanto como quisiera. Entonces, mi
madre bien nacida, en alta voz, me llena de injurias tales como
éstas: «¡Oh, detestada por los Dioses y por
mí! ¿Eres la única cuyo padre haya muerto?
¿Ningún otro mortal está de duelo? ¡Que
tú perezcas miserablemente! ¡Que los Dioses subterráneos
no te libren jamás de tus lágrimas!» Ella
me llena de estos ultrajes. Pero si alguna vez alguien anuncia
que Orestes debe volver, entonces grita, llena de furor: «¿No
eres tú causa de esto? ¿No es ésta tu obra,
tú que, habiendo arrebatado a Orestes de mis manos, le
has hecho criar secretamente? ¡Pero sabe que sufrirás
castigos merecidos!» ¡Así ladra, y de pie a
su lado, su ilustre amante la excita, él, cobarde y malvado,
y que no lucha sino con ayuda de las mujeres! ¡Y yo, esperando
siempre que la vuelta de Orestes ponga término a mis males,
perezco durante este tiempo, desgraciada de mí! Porque,
prometiendo siempre y no cumpliendo nada, destruye mis esperanzas
presentes y pasadas. Por eso, amigas, no puedo moderarme en medio
de tales miserias, ni respetar fácilmente la piedad. Quien
está sin cesar abrumado por el mal, aplica forzosamente
al mal su espíritu.
CORIFEO: Dime, ¿mientras nos hablas así, Egisto
está en la morada o fuera?
ELECTRA: Ha salido. Créeme, si hubiese estado en la morada,
yo no hubiera podido traspasar el umbral. Está en el campo.
CORIFEO: Si ello es así, te hablaré con más
confianza.
ELECTRA: Ha salido. Di, pues, lo que quieras.
CORIFEO: Pues, en primer lugar, te pregunto: ¿qué
piensas de tu hermano? ¿Debe volver o tardará todavía?
Deseo saberlo.
ELECTRA: Dice que volverá, pero no procede como habla.
CORIFEO: Se suele vacilar antes de emprender una cosa difícil.
ELECTRA: Pero yo le he salvado sin vacilar.
CORIFEO: Cobra ánimo: es generoso y vendrá en ayuda
de sus amigos.
ELECTRA: Estoy segura de ello; a no ser así, no hubiera
vivido mucho tiempo.
CORIFEO: No hables más, porque veo salir de la morada
a tu hermana, nacida del mismo padre y de la misma madre, Crisótemis,
que lleva ofrendas, tales como se acostumbra hacer a los muertos.
CRISÓTEMIS: ¡Oh, hermana! ¿Por qué
vienes de nuevo a lanzar clamores ante este vestíbulo?
¿No puedes aprender, después de tanto tiempo, a
no entregarte a una vana cólera? Ciertamente, yo misma,
sé también que el estado de las cosas es cruel,
y, si tuviera fuerzas para tanto, mostraría lo que siento
por ellos en el corazón; pero, rodeada de males, me es
preciso para navegar plegar mis velas, y creo que me está
vedado proceder contra los que no puedo alcanzar. Quisiera que
tú hicieses lo mismo. Sin embargo, no es justo que obres
como te aconsejo y no como juzgues acertado; pero yo, para vivir
libre, es preciso que obedezca a quienes tienen la omnipotencia.
ELECTRA: ¡Es indigno de ti, nacida de tal padre, olvidar
de quién eres hija para no inquietarte más que de
tu madre! Porque las palabras que me has dicho, y con las cuales
me censuras, te han sido sugeridas por ella. No las dices por
tu propio impulso. Por eso, elige: o eres una insensata o, si
has hablado con uso de razón, abandonas a tus amigos. Decías
que, si tuvieras fuerzas para tanto, mostrarías el odio
que sientes por ellos, ¡y te niegas a ayudarme cuando quiero
vengar a mi padre, y me exhortas a no hacer nada! ¿No agrega
todo esto la cobardía a todos nuestros otros males? Enséñame
o indícame qué provecho obtendría con dar
fin a mis gemidos. ¿Es que no vivo? Mal, en verdad, ya
lo sé, pero eso me basta. Ahora bien; soy importuna para
éstos, y rindo así honor a mi padre muerto, si alguna
cosa agrada a los muertos. Pero tú, que dices odiar, no
odias más que con palabras, y haces en realidad causa común
con los matadores de tu padre. Si las ventajas que te son otorgadas,
y de que gozas, me fuesen ofrecidas, no me sometería. A
ti la rica mesa y el alimento abundante; para mí es bastante
alimento no ocultar mi dolor. No deseo en modo alguno compartir
tus honores. No los desearías tú misma, si fueses
discreta. Ahora, cuando podías llamarte hija del más
ilustre de los padres, te llamas hija de tu madre. Así
es que serás reputada inicua por el mayor número,
tú que haces traición a tus amigos ya tu padre muerto.
CORIFEO: ¡No demasiada cólera, por los Dioses! Vuestras
palabras, para ambas, producirán sus frutos, si tú
aprendes de ella a hablar bien, y ella de ti.
CRISÓTEMIS: Hace mucho tiempo, ¡oh, mujeres!, estoy
acostumbrada a tales palabras de ella, y no me acordaría
siquiera, si no hubiera sabido que la amenaza un gran infortunio
que hará callar sus continuos lamentos.
ELECTRA: Habla, pues, di qué grande infortunio es ése,
porque si tienes que enseñarme alguna cosa peor que mis
males, no volveré a replicar.
CRISÓTEMIS: Siendo así, te diré todo lo
que sé de ello. Han resuelto, si no cesas en tus lamentaciones,
enviarte a un lugar donde no volverás a ver el resplandor
de Helios. Viva, en el fondo de un antro negro[7] prorrumpirás
en gemidos lejos de esta tierra. Por eso, medítalo, y no
me acuses cuando esa desgracia haya llegado. Ahora es tiempo de
tomar una prudente resolución.
ELECTRA: ¿Eso es lo que han decidido hacer conmigo?
CRISÓTEMIS: Ciertamente, en cuanto Egisto haya vuelto
a la morada.
ELECTRA: ¡Plegue a los Dioses que vuelva con gran prontitud
para ello!
CRISÓTEMIS: ¡Oh, desgraciada! ¿Por qué
esa imprecación contra ti misma?
ELECTRA: ¡Por que venga, si piensa hacer eso!
CRISÓTEMIS: ¿Qué mal quieres sufrir? ¿Eres
insensata?
ELECTRA: Es con el fin de huir muy lejos de vosotros.
CRISÓTEMIS: ¿No te cuidas de tu vida?
ELECTRA: Ciertamente, mi vida es bella y admirable.
CRISÓTEMIS: Bella sería, si fueses prudente.
ELECTRA: No me enseñes a hacer traición a mis amigos.
CRISÓTEMIS: No te enseño eso, sino a someterte
a los más fuertes.
ELECTRA: Halágales con tus palabras; lo que dices no está
en tu carácter.
CRISÓTEMIS: Sin embargo, es bueno no sucumbir por imprudencia.
ELECTRA: Sucumbiremos, si es preciso, habiendo vengado a nuestro
padre.
CRISÓTEMIS: Nuestro padre mismo, lo sé, me perdona
esto.
ELECTRA: Sólo a los cobardes pertenece aprobar esas palabras.
CRISÓTEMIS: ¿No cederás? ¿No serás
persuadida por mí?
ELECTRA: No, por cierto. No soy insensata hasta ese punto.
CRISÓTEMIS: Iré, pues, allí donde debo ir.
ELECTRA: ¿Adónde vas? ¿A quién llevas
esas ofrendas sagradas?
CRISÓTEMIS: Mi madre me envía a hacer libaciones
a la tumba de mi padre.
ELECTRA: ¿Qué dices? ¿Al más detestado
de los mortales?
CRISÓTEMIS: Que ella misma mató. Eso es lo que
quieres decir.
ELECTRA: ¿Qué amigo la ha aconsejado? ¿A
qué se debe que le haya placido eso?
CRISÓTEMIS: A un terror nocturno, según me ha parecido.
ELECTRA: ¡Oh, Dioses paternos, venid! ¡Venid ahora!
CRISÓTEMIS: ¿Te trae, pues, alguna confianza ese
terror?
ELECTRA: Si me refieres su sueño, te lo diré.
CRISÓTEMIS: No podré decir de él sino poca
cosa.
ELECTRA: Di al menos eso. Unas pocas palabras han elevado o derribado
con frecuencia a los hombres.
CRISÓTEMIS: Se dice que ha visto a tu padre y el mío,
vuelto de nuevo a la luz; después, habiendo aparecido en
la morada, apoderarse del cetro que llevaba en otro tiempo y que
lleva ahora Egisto y hundirlo en tierra, y que entonces un elevado
ramo germinó y salió de él, y que toda la
tierra de Micenas fue cubierta por su sombra. He oído decir
estas cosas a alguien que estaba presente cuando ella refería
su sueño a Helios. No sé más, si no es que
me ha enviado a causa del terror que le ha causado ese ensueño.
Te suplico, pues, por los Dioses de la patria, que me escuches
y no te pierdas por imprudencia; Porque si, ahora, me rechazas,
me llamarás cuando seas víctima de la desdicha.
ELECTRA: ¡Oh, querida! No lleves nada a la tumba de lo
que tienes en las manos, porque no te es lícito y no es
piadoso llevar a nuestro padre esas ofrendas de una mujer odiosa
y derramar esas libaciones. ¡Arrójalas a los vientos
o escóndelas en la tierra profundamente excavada, a fin
de que nada se acerque jamás a la tumba de nuestro padre:
antes bien, hasta que ella muera, que ese tesoro le esté
reservado bajo tierra! En efecto, si esa mujer no hubiera nacido
la más audaz de todas, jamás habría destinado
esas libaciones detestables a la tumba de aquel a quien mató
ella misma. Pregúntale, en efecto, si el muerto encerrado
en esa tumba ha de aceptar de buen grado esas ofrendas de aquella
por quien fue indignamente degollado, que le cortó la extremidad
de los miembros como a un enemigo y que enjugó sobre su
cabeza las manchas del asesinato. ¿Crees que esa muerte
puede ser expiada con libaciones? No, jamás, eso no es
posible. Por eso, no hagas nada. Corta la extremidad de tus trenzas.
¡He aquí las mías, las de esta desgraciada!
Es poca cosa, pero no tengo más que esto. Presenta estos
cabellos no cuidados y mi cinturón sin ningún adorno.
Dobla las rodillas, suplicante, para que venga a nosotras, propicio,
de debajo de tierra, para que nos ayude contra nuestros enemigos,
y que, vivo, su hijo Orestes les derribe con mano victoriosa y
les pisotee, y para que adornemos después su tumba con
más ricos dones y con nuestras propias manos. Creo, en
efecto, que ha resuelto algún designio enviándole
ese sueño espantoso. Así, pues, ¡oh, hermana!,
haz lo que te mando, lo cual servirá para tu venganza y
la mía, así como al más querido de los mortales,
a nuestro padre, que está ahora bajo tierra.
CORIFEO: Ha hablado piadosamente. Si eres prudente, ¡oh,
querida!, la obedecerás.
CRISÓTEMIS: Lo haré como lo ordena; porque, tratándose
de una cosa justa, es preciso no querellarse, sino apresurarse
a hacerla. Mientras voy a obrar, os suplico, por los Dioses, ¡oh,
amigos!, guardad silencio, porque si mi madre sabe esto, creo
que no sería sin un gran peligro como me habría
atrevido a ello.
Estrofa
CORO: A menos que yo sea una adivina sin inteligencia y privada
de la recta razón, la Justicia anunciada vendrá,
teniendo en las manos la fuerza legítima, y castigará
en poco tiempo, ¡oh, hija! La noticia de ese sueño
ha sido agradable para mí, y mi confianza se ha afirmado
con ella; porque ni tu padre, rey de los helenos, es olvidable,
ni esa antigua hacha de bronce de dos filos[8] que le mató
tan ignominiosamente.
Antístrofa
Vendrá la Erinia de pies de bronce, de pies y de manos
innumerables, que se oculta en horribles refugios; porque el deseo
impuro de nupcias criminales y mancilladas por el asesinato se
apoderó de ellos. Por eso estoy cierta de que ese prodigio
que se nos aparece amenaza a los autores del crimen y a sus compañeros.
O los mortales no adivinan nada por los sueños y por los
oráculos o ese espectro nocturno será completamente
beneficioso para nosotros.
Epodo
¡Oh, laboriosa cabalgada de Pélope, cuán
lamentable has sido para esta tierra![9] En efecto, desde el día
en que Mírtilo pereció, arrancado violenta e ignominiosamente
de su carro dorado y precipitado en el mar, horribles miserias
han asaltado siempre esta morada.
CLITEMNESTRA: Parece que vagabundeas de nuevo, y libremente.
En efecto, no está aquí Egisto, él que suele
retenerte, para que no vayas afuera a difamar a tus parientes.
Ahora que ha salido, no me respetas. Y, ciertamente, has dicho
con frecuencia y a muchos que yo estaba colérica, mandando
contra todo derecho y justicia y llenándoos de ultrajes
a ti ya los tuyos. Pero yo no tengo costumbre de ultrajar; si
te hablo injuriosamente, es que tú me injurias con más
frecuencia todavía. Tu padre, y no tienes otro pretexto
de querella, fue muerto por mí, por mí misma, bien
lo sé, y no hay ninguna razón para que lo niegue.
Porque, no yo sola, sino la Justicia también le hirió;
y convenía que tú vinieses en mi ayuda, si hubieras
sido prudente, puesto que tu padre, por el que no cesas de gemir,
el único de los helenos, se atrevió a sacrificar
a tu hermana a los Dioses, bien que no hubo sufrido tanto para
engendrarla como yo para parirla. Pero, ¡sea!, dime por
qué la degolló. ¿Fue en favor de los argivos?
Pues no tenían ningún derecho a matar a mi hija.
Si, como creo, la mató por su hermano Menelao, ¿no
debía por ello ser castigado por mí? ¿No
tenía ese mismo Menelao dos hijos que era más justo
hacer morir, nacidos como eran de un padre y de una madre por
quienes aquella expedición se emprendía? ¿Deseaba
el Hades devorar a mis hijos más bien que a los suyos?
¿Se había extinguido el amor de aquel execrable
padre hacia los hijos que yo había concebido, y sentía
uno más grande hacia los de Menelao? ¿No son propias
estas cosas de un padre malvado e insensato? Yo pienso así,
aunque tú piensas lo contrario, y mi hija muerta diría
como yo, si pudiese hablar. Por eso no me arrepiento de lo que
hice; y tú, si te parece que obré mal, censura también
a los otros como es justo.
ELECTRA: Ahora no dirás que me interpretas así,
habiendo sido provocada por mis palabras amargas. Pero, si me
lo permites, te responderé, como conviene, por mi padre
muerto y por mi hermana.
CLITEMNESTRA: ¡Anda! Lo permito. Si siempre me hubieses
dirigido palabras tales, jamás hubiera sido ofendida por
mis respuestas.
ELECTRA: Te hablo, pues. Dices que mataste a mi padre. ¿Qué
se puede decir más afrentoso, tuviera él razón
o sinrazón? Pero te diré que le mataste sin derecho
alguno. El hombre inicuo con quien vives te persuadió e
impulsó. Interroga a la cazadora Artemis, y sabe lo que
castigaba cuando retenía todos los vientos en Aulis; o
más bien yo te lo diré, porque no es posible saberlo
por ella. Mi padre, en otro tiempo, como he sabido, habiéndose
complacido en perseguir, en un bosque sagrado de la Diosa, un
hermoso ciervo manchado y de alta cornamenta, dejó escapar,
después de haberlo muerto, no sé qué palabra
orgullosa. Entonces, la virgen Latoida, irritada, retuvo a los
aqueos hasta que mi padre hubo degollado a su propia hija por
causa de aquella bestia fiera que había matado. Así
es como fue degollada, porque el ejército no podía,
por ningún otro medio, partir para llión o volver
a sus moradas. Por eso mi padre, constreñido por la fuerza
y después de haberse resistido a ello, la sacrificó
con dolor, pero no en favor de Menelao. Pero aunque yo dijese
como tú que hizo aquello en interés de su hermano,
¿era preciso, pues, que fuese muerto por ti? ¿En
nombre de qué ley? Piensa a qué dolor ya qué
arrepentimiento te entregarías si hicieses semejante ley
estable entre los hombres. En efecto, si matamos a uno por haber
matado a otro, debes morir tú misma para sufrir la pena
merecida. Pero reconoce que alegas un falso pretexto. Dime, en
efecto, si puedes, por qué cometes la acción tan
vergonzosa de vivir con ese hombre abominable con ayuda del cual
mataste tiempo ha a mi padre, y por qué has concebido hijos
de él, y por qué rechazas a los hijos legítimos
nacidos de legítimas nupcias. ¿Cómo puedo
yo aprobar tales cosas? ¿Dirás que vengas así
la muerte de tu hija? Si lo dijeras, ciertamente, ello sería
vergonzoso. No es honesto que una mujer se despose con sus enemigos
por causa de su hija. Pero no me es lícito afirmarlo sin
que me acuses por todas partes con gritos de que ultrajo a mi
madre. Ahora bien; veo que procedes respecto a nosotros menos
como madre que como dueña, yo que llevo una vida miserable
en medio de los males continuos con que nos abrumáis tú
y tu amante. Pero ese otro, que se ha escapado a duras penas de
tus manos, el mísero, Orestes, arrastra una vida desgraciada,
él a quien me has acusado con frecuencia de criar para
ser tu matador. Y, si pudiese, lo haría, ciertamente, sábelo
con seguridad. En lo sucesivo, declara a todos que soy malvada,
injuriosa, o, si lo prefieres, llena de impudencia. Si soy culpable
de todos esos vicios, no he degenerado de ti y no te causo deshonor.
CORIFEO: Respira cólera, lo veo, pero no veo que se cuide
de saber si tiene derecho para ello.
CLITEMNESTRA: ¿y por qué me había de cuidar
de la que dirige a su madre palabras de tal suerte injuriosas,
a la edad que tiene? ¿No te parece que ha de atreverse
a cualquier mala acción, habiendo desechado todo pudor?
ELECTRA: En verdad, sábelo, tengo vergüenza de esto,
parézcate lo que quiera; comprendo que estas cosas no convienen
ni a mi edad, ni a mí misma; pero tu odio y tus actos me
obligan: el mal enseña el mal.
CLITEMNESTRA: ¡Oh, insolente bestia! ¿Soy yo, son
mis palabras y mis actos los que te dan audacia para hablar tanto?
ELECTRA: Eres tú misma la que hablas, no yo; porque realizas
actos, y los actos hacen nacer las palabras.
CLITEMNESTRA: Ciertamente, ¡por la dueña Artemis!,
juro que no escaparás al castigo de tu audacia, en cuanto
Egisto haya vuelto a la morada.
ELECTRA: ¿Ves? Ahora estás inflamada de cólera,
después de haberme permitido decir lo que quisiera, y no
puedes oírme.
CLITEMNESTRA: ¿No puedes ahorrarme tus clamores y dejarme
tranquilamente sacrificar a los Dioses, pues que te he permitido
decirlo todo?
ELECTRA: Lo permito, lo quiero así; sacrifica, y no acuses
a mi boca, porque no diré nada más.
CLITEMNESTRA: Tú, esclava, que estás aquí,
trae esas ofrendas de frutos de toda especie, para que yo haga
a este rey votos que disipen los terrores de que estoy turbada.
Oye, Febo tutelar, mi plegaria oculta, porque no hablo entre amigos,
y no conviene que lo diga todo delante de ésta, no sea
que, impulsada por el odio, extienda a grandes gritos vanos rumores
por la ciudad. Comprende, pues, así lo que diré.
¡Si la visión que se me ha aparecido esta noche me
anuncia cosas felices, realízalas, Rey Licio! Si son funestas,
desvíalas sobre mis enemigos. Si ellos me tienden asechanzas,
no permitas que me arrebaten mis riquezas, sino concédeme
vivir, siempre sana y salva, poseyendo el cetro y la morada de
los Atridas, gozando de un feliz destino en medio de mis amigos
y de aquellos de mis hijos que ahora me rodean, que no me aborrecen
y no me desean el mal. Escúchanos favorablemente, Apolo
Licio, y danos lo que te pedimos. En cuanto a las demás
cosas, aunque me calle, creo que, siendo dios, las conoces bien,
porque los hijos de Zeus lo ven todo.
(Entra el PEDAGOGO.)
PEDAGOGO: Mujeres extranjeras, quisiera saber si esta morada
es la del rey Egisto.
CORIFEO: Lo es, extranjero, has creído bien.
PEDAGOGO: ¿Pienso acertadamente que ésta es su
esposa? Efectivamente, su aspecto es el de una reina.
CORIFEO: Ciertamente, es ella misma.
PEDAGOGO: Salud, ¡oh, Reina! Traigo una buena noticia para
ti y para Egisto, de parte de un hombre que os ama.
CLITEMNESTRA: Acepto el augurio; pero deseo saber en primer lugar
quién te ha enviado.
PEDAGOGO: Fanoteo el focidio, que te anuncia un gran suceso.
CLITEMNESTRA: ¿Cuál, extranjero? Di. Enviado por
un amigo, sé suficientemente que tus palabras serán
buenas.
PEDAGOGO: Voy a decirlo en pocas palabras: Orestes ha muerto.
ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Infortunada! Hoy muero.
CLITEMNESTRA: ¿Qué dices, qué dices, extranjero?
No escuches a ésta.
PEDAGOGO: Digo y repito que Orestes ha muerto.
ELECTRA: ¡Yo muero, desdichada! ¡No existo ya!
CLITEMNESTRA: Piensa en lo que te atañe[10]. Pero tú,
extranjero, dime con verdad de qué modo ha perecido.
PEDAGOGO: Para eso soy enviado, y te lo referiré todo.
Habiendo venido Orestes a la más noble asamblea de la Hélade,
a fin de combatir en los Juegos Délficos, oyó la
voz del heraldo anunciar la carrera por la cual se abrían
las luchas; y entró, resplandeciendo de belleza, y todos
le admiraban; y, cuando hubo franqueado el estadio de un extremo
a otro, salió, obteniendo el honor de la victoria. No sabría
decir en pocas palabras las innumerables grandes acciones y la
fuerza de un héroe semejante. Sabe únicamente que
volvió a alcanzar los premios de la victoria en todos los
combates propuestos por los jueces de los juegos. Y todos lo llamaban
dichoso y proclamaban al argivo Orestes, hijo de Agamenón
que reunió en otro tiempo el ilustre ejército de
la Hélade. Pero las cosas son así, que, si un dios
nos envía una desgracia, nadie es bastante fuerte para
escapar a ella. En efecto, el día siguiente, cuando el
rápido combate de los carros tuvo lugar al levantarse Helios,
entró con numerosos rivales. Uno era acayo, otro de Esparta,
y otros dos eran libios[11] y hábiles en conducir un carro
de cuatro caballos. Orestes, que era el quinto, llevaba yeguas
tesalias; el sexto venía de Etolia con fieros caballos;
el séptimo era magneta; el octavo, con caballos blancos,
era de Enia; el noveno era de Atenas fundada por los Dioses; en
fin, un beocio estaba en el décimo carro. Manteniéndose
erguidos, después que los jueces hubieron asignado, según
la suerte, el puesto de cada uno de ellos, en cuanto la trompeta
de bronce hubo dado la señal, se precipitaron, excitando
a sus caballos y sacudiendo las riendas, y todo el estadio se
llenó con el estrépito de los carros resonantes;
y el polvo se amontonaba en el aire; y todos, mezclados juntamente,
no ahorraban los aguijones y cada uno quería adelantar
a las ruedas y a los caballos agitados del otro; porque éstos
arrojaban su espuma y sus ardientes resoplidos sobre las espaldas
de los conductores de carros y sobre el círculo de las
ruedas. Orestes, acercándose al último límite,
lo rozaba con el eje de la rueda, y, soltando las riendas al caballo
de la derecha, contenía al de la izquierda. Ahora bien:
en aquel momento, todos los carros estaban todavía en pie,
pero entonces, los caballos del hombre de Enia, hechos duros de
boca, arrastraron el carro con violencia, y, al volver, como,
acabada la sexta vuelta, comenzaban la séptima, chocaron
de frente con las cuadrigas de los libios. Una rompe a otra y
cae con ella, y toda la llanura de Crisa se llena con aquel naufragio
de carros. El ateniense, habiendo visto esto, se apartó
de la vía y contuvo las riendas como hábil conductor,
y dejó toda aquella tempestad de carros moverse en la llanura.
Durante este tiempo, Orestes, el último de todos, conducía
sus caballos, con la esperanza de ser victorioso al fin; pero,
viendo que el ateniense había quedado solo, hirió
las orejas de sus caballos rápidos con el sonido agudo
de su látigo, y lo persiguió. Y los dos carros estaban
lanzados sobre una misma línea, y la cabeza de los caballos
sobresalía tan pronto de una como de otra cuadriga. El
imprudente Orestes había llevado a cabo todas las demás
carreras sano y salvo, manteniéndose derecho sobre su carro;
pero entonces, soltando las riendas al caballo de la izquierda,
tropezó con el extremo de la meta, y, habiéndose
roto el cubo de la rueda, cayó rodando de su carro, enredado
entre las riendas, y los caballos, espantados de verle tendido
en tierra, se lanzaron a través del estadio. Cuando la
multitud le vio caído del carro se lamentó por aquel
hombre joven que, habiendo realizado hermosas acciones, y por
un cruel destino, se veía arrastrado tan pronto por el
suelo, tan pronto levantando las piernas en el aire, hasta que
los conductores de carro, deteniendo trabajosamente los caballos
que corrían, le levantaron todo ensangrentado y tal que
ninguno de sus amigos hubiera reconocido aquel miserable cuerpo.
Y le quemaron al punto sobre una hoguera; y unos hombres focidios,
escogidos para ello, trajeron aquí, en una pequeña
urna de bronce, las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea
sepultado en su patria. He aquí las palabras que tenía
que decirte; son tristes, pero el espectáculo que vimos
es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás
contemplado.
CORIFEO: ¡Ay de mí! ¡Ay! Toda la raza de nuestros
antiguos dueños está, pues, aniquilada radicalmente.
CLITEMNESTRA: ¡Oh, Zeus! ¿Qué diré
de estas cosas? ¿Las llamaré favorables, o terribles,
pero útiles, sin embargo? Es triste para mí no salvar
mi vida sino por mis propias desventuras.
PEDAGOGO: ¿Por qué, ¡oh, mujer!, después
de saber esto, te ves de ese modo atormentada?
CLITEMNESTRA: La maternidad tiene un gran poderío. En
efecto, una madre, aunque se vea ultrajada, no puede aborrecer
a sus hijos.
PEDAGOGO: ¡A lo que parece, hemos venido aquí inútilmente!
CLITEMNESTRA: Inútilmente, no. ¿Cómo has
de haber hablado inútilmente, si has venido, trayéndome
pruebas ciertas de la muerte de aquel que, nacido de mí,
huyendo de mis pechos que le nutrieron y de mis cuidados, desterrado,
ha llevado una vida apartada, que no me ha visto jamás
después que abandonó esta tierra, y que, acusándome
de la muerte de su padre, me amenazaba con un castigo horrible?
De suerte que, ni durante la noche, ni durante el día,
yo no gustaba el dulce sueño, y, por más tiempo
que transcurriese, pensaba siempre que iba a morir. Ahora, pues,
que me veo libre del peligro y no temo ya nada en adelante de
él ni de ésta -porque ella era para mí una
calamidad más amarga, viviendo conmigo y consumiendo siempre
toda la sangre de mi alma-, llevaremos una vida tranquila, por
lo menos en lo que concierne a sus amenazas.
ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡Ahora
es, Orestes, cuando deploraré tu destino, puesto que, aun
muerto, eres ultrajado por tu madre! ¿No es todo para el
mayor bien?
CLITEMNESTRA: No, por cierto, para ti, sino para él. Lo
que le ha sucedido está bien dispuesto.
ELECTRA: ¡Escucha, Némesis vengadora del que ha
muerto!
CLITEMNESTRA: Ha escuchado a los que era preciso que escuchase,
y ha cumplido sus votos.
ELECTRA: Insulta, porque ahora eres feliz.
CLITEMNESTRA: En lo sucesivo, ni Orestes ni tú destruiréis
esta felicidad.
ELECTRA: Estamos destruidos nosotros mismos, en vez de que podamos
destruirte.
CLITEMNESTRA (Al PEDAGOGO.): Mucho mereces, extranjero, si, trayéndonos
esta noticia, has hecho callar sus clamores furiosos.
PEDAGOGO: Me voy, pues, si todo está perfectamente.
CLITEMNESTRA: No, por cierto, eso no sería digno ni de
mí ni del huésped que te ha enviado. Entra, pues,
y déjala llorar fuera sus propias miserias y las de sus
amigos.
(Entran CLITEMNESTRA y el PEDAGOGO en el palacio.)
ELECTRA: ¿No os parece que, triste y gemebunda, llora
y se lamenta por su hijo herido de muerte miserable? ¡Ha
entrado allá riendo! ¡Oh, desgraciada de mí!
¡Oh, queridísimo Orestes, me has perdido con tu muerte!
¡Has arrancado de mi espíritu la esperanza que me
quedaba de que, viviendo, volverías un día a vengar
a tu padre y a mí, infortunada! y ahora, ¿de qué
lado volverme, sola y privada de ti y de mi padre? ¡Me es
preciso ahora quedar esclava entre los más detestados de
los hombres, matadores de mi padre! ¿No tengo la mejor
de las suertes? ¡Pero no viviré jamás con
ellos, en sus moradas, y me consumiré, prosternada, sin
amigos, ante el umbral! ¡Y si soy una carga para alguno
de los que hay en la morada, que me mate! ¡Si no, será
el dolor el que me matará, porque no tengo ya deseo alguno
de vivir!
Estrofa I
CORO: ¿Dónde están los rayos de Zeus, dónde
está el brillante Helios, si, viendo esto, permanecen tranquilos?
ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí! ¡Ay
de mí!
CORO: Hija, ¿por qué lloras?
ELECTRA: ¡Ay de mí!
CORO: No te lamentes demasiado alto.
ELECTRA: Me matas.
CORO: ¿Cómo?
ELECTRA: Si me aconsejas esperar en los que han manifiestamente
partido para Hades, me insultas, consumida como estoy de dolor.
Antístrofa I
CORO: Sé, efectivamente, que el rey Anfiarao ha muerto,
envuelto en las redes de oro de una mujer, y que, sin embargo,
ahora bajo la tierra...
ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí!
CORO: .., reina sobre todas las almas.
ELECTRA: ¡Ay!
CORO: ¡Ay! Efectivamente, la mujer execrable...
ELECTRA: ¿Ha recibido el castigo del crimen?
CORO: ¡Sí!
ELECTRA: Ya sé, ya sé: alguien vino que vengó
al que había sufrido; pero nadie sobrevive para mí:
el vengador que yo tenía me ha sido arrebatado por el destino.
Estrofa II
CORO: Eres la más infortunada de todas las mujeres.
ELECTRA: Demasiado lo sé, no habiendo sido nunca mi vida
sino triste y lamentable.
CORO: Ya sabemos lo que lloras.
ELECTRA: No me consueles, pues, más, ahora que...
CORO: ¿Qué dices?
ELECTRA: ...ninguna esperanza de socorro me queda del eupátrida
fraternal.
Antístrofa II
CORO: El destino de todos los hombres es morir.
ELECTRA: ¡Qué! ¿En una lucha de caballos
de pies rápidos, y enredados entre las riendas, como este
desgraciado?
CORO: ¡Calamidad no prevista!
ELECTRA: Sin duda, en efecto. En tierra extraña, lejos
de mis brazos...
CORO: ¡Ay!
ELECTRA: ¿Quién hubiera previsto que sería
encerrado en la urna, sin tumba y privado de nuestras lamentaciones?
(Entra CRISÓTEMIS.)
CRISÓTEMIS: A causa de mi gozo, ¡oh, muy querida!,
dejando a un lado todo miramiento, llego apresuradamente, porque
traigo felices cosas y el reposo de los males que te desgarraban
y por los que gemías.
ELECTRA: ¿Dónde has encontrado un consuelo a mis
males, a los que no se podría hallar remedio alguno?
CRISÓTEMIS: Orestes está cerca de nosotros. Sabe
que lo que te digo es seguro, tan cierto como que me ves en este
instante.
ELECTRA: ¿Eres insensata, ¡oh, infeliz!, y te mofas
de tus males y los míos?
CRISÓTEMIS: ¡Pongo por testigo al hogar paterno!
Ciertamente, no me burlo al decir esto; antes bien, ten por cierto
que él está aquí.
ELECTRA: ¡Oh, desventurada de mí! ¿Y por
qué hombre has sabido esa noticia a la que prestas fe tan
fácilmente?
CRISOTEMIS: Por mí misma, no por otro, he visto las pruebas
ciertas de ello, y en esto es en lo que tengo fe.
ELECTRA: ¡Oh, desdichada! ¿Qué prueba has
descubierto? ¿Qué has visto que haya encendido en
ti una alegría tan insensata?
CRISÓTEMIS: Escucha, ¡por los Dioses!, y tú
dirás, sabiéndolo todo, si soy insensata o prudente.
ELECTRA: Habla, si tal es tu gusto.
CRISÓTEMIS: Voy, pues, a decirte todo lo que he visto.
Habiendo llegado a la antigua tumba de mi padre, vi, en la cima,
regueros de leche recientemente derramados, y el sepulcro paterno
adornado con toda especie de flores. Viendo esto, admirada, observé
si se mostraba ante mí algún hombre; pero estando
tranquilo todo aquel lugar, me acerqué a la tumba, y vi,
en la cima, cabellos recién cortados. En cuanto los hube
apercibido, desgraciada, una imagen familiar impresionó
mi ánimo, como si viese una señal de Orestes, del
más querido de todos los hombres; y los tomé en
mis manos, sin decir nada, y derramando lágrimas a causa
de mi alegría. Ahora, como antes, es manifiesto para mí
que esas ofrendas no han podido ser llevadas más que por
él; porque ello no es cosa de mí ni de ti. Yo no
he llevado esas ofrendas, ciertamente, lo sé bien; ni tú,
porque ¿podías hacerlo, puesto que no puedes salir
libremente de la morada, ni siquiera para suplicar a los Dioses?
Tales pensamientos no suelen venir al espíritu de nuestra
madre, y si lo hubiera hecho, ello no se nos hubiera escapado.
Sin duda alguna esos presentes fúnebres son de Orestes.
Tranquilízate, ¡oh, querida! Los mismos no tienen
siempre la misma fortuna. En verdad, la nuestra nos ha sido ya
contraria, pero puede ser que este día sea el augurio de
numerosos bienes.
ELECTRA: ¡Ay! Tengo desde hace mucho rato piedad de tu
demencia.
CRISÓTEMIS: ¡Qué! ¿No te regocija
lo que te digo?
ELECTRA: No sabes en qué lugar te extravías, ni
en qué pensamientos.
CRISÓTEMIS: ¿No sabré lo que he visto claramente
yo misma?
ELECTRA: ¡Ha muerto, oh, desdichada! Toda esperanza de
salvación, proveniente de él, está perdida
para ti. No pretendas ver jamás a Orestes.
CRISÓTEMIS: ¡Infeliz de mí! ¿Por quién
has sabido eso?
ELECTRA: Por alguien que estaba presente cuando él fue
muerto.
CRISÓTEMIS: ¿Dónde está ése?
Me quedo estupefacta.
ELECTRA: Está en la morada, bien venido para nuestra madre,
lejos de serle importuno.
CRISÓTEMIS: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada!
¿De quién eran, pues, esas ofrendas numerosas sobre
la tumba de nuestro padre?
ELECTRA: Creo que, seguramente, han sido depositadas allí
por alguien, en honor de Orestes muerto.
CRISÓTEMIS: ¡Oh, desventurada! ¡Yo que, llena
de alegría, me apresuraba a traerte una tal noticia, ignorando
en qué calamidad estábamos sumidas! ¡Y he
aquí que encuentro, al llegar, nuevas miserias añadidas
a todas las demás!
ELECTRA: Sí, por cierto; pero, si me das crédito,
nos libertarás del peso de nuestros males presentes.
CRISÓTEMIS: ¿Puedo yo resucitar a los muertos?
ELECTRA: No es eso lo que digo. No estoy de tal modo demente.
CRISÓTEMIS: ¿Qué ordenas, pues, que yo tenga
fuerzas para cumplir?
ELECTRA: Que te atrevas a lo que yo te aconseje.
CRISÓTEMIS: Si ello es útil, no me negaré.
ELECTRA: ¡Mira! Nada se alcanza sin trabajo.
CRISÓTEMIS: Ya lo sé. Haré lo que pueda.
ELECTRA: Sabe, pues, cómo he resuelto obrar. Ya sabes
que no contamos con la ayuda de ningún amigo. El Hades,
arrebatándolos a todos, nos ha privado de ellos. Estamos
solas y abandonadas. En verdad, tanto tiempo como he oído
decir que mi hermano estaba entre los vivos y floreciente de juventud,
he tenido la esperanza de que vendría un día a vengar
la muerte paterna; pero, ahora, desde que no existe, pienso en
ti, para que vengues la muerte de tu padre y no vaciles en matar
a Egisto con la ayuda de tu hermana; porque no me es lícito
callarte nada. ¿Hasta cuándo seguirás inactiva,
teniendo todavía una firme esperanza, tú, a quien
no queda, privada de las riquezas paternas, más que una
abundancia de lamentos y de penas, por todo el tiempo que envejezcas,
privada de nupcias? Porque, ciertamente, no esperes casarte algún
día. Egisto no es de tal modo estúpido que permita,
para su desgracia, que nazca una posteridad de ti o de mí.
Pero, si eres dócil a mis consejos, en primer lugar, serás
alabada, por tu piedad, por tu padre muerto y por tu hermano.
Luego, lo mismo que has nacido libre, serás llamada libre
en lo porvenir, y celebrarás nupcias dignas de ti; por
que todos suelen admirar las cosas honestas. ¿No ves qué
ilustre fama adquiriremos, tú y yo, si me obedeces? ¿Qué
ciudadano, en efecto, o qué extranjero, al vernos, no nos
colmará de alabanzas tales como éstas?: «Ved,
amigos, esas dos hermanas que han salvado la morada paterna, y
que, no economizando su vida, han dado muerte a sus enemigos,
poseedores de inmensas riquezas. Es justo que todos las amen y
las reverencien; es justo que en las fiestas sagradas de los Dioses
y en las asambleas de los ciudadanos, todos las honren a causa
de su varonil proceder.» Todos dirán esto de nosotras,
mientras vivamos, y, aun después de la muerte, jamás
disminuirá nuestra gloria. ¡Oh, querida, obedece!
Ven en ayuda de tu padre y de tu hermano, libértame de
mis miserias, libértate a ti misma, pensando cuán
vergonzoso es a los que son bien nacidos vivir en el oprobio.
CORIFEO: En tales cosas, la previsión es útil a
quien habla y a quien escucha.
CRISÓTEMIS: Antes de hablar así, ¡oh, mujeres!,
si su espíritu no hubiese estado turbado, hubiera mostrado
una prudencia que parece haber rechazado desde entonces. ¿En
qué piensas, en efecto, cuando quieres obrar con tanta
audacia y me pides que te ayude? ¿No lo ves? Tú
eres una mujer, no un hombre, y tienes muchas menos fuerzas que
tus enemigos. Su Genio está muy próspero hoy; el
nuestro está debilitado, reducido a la nada. ¿Quién,
pues, intentaría atacar a un hombre semejante sin incurrir
en la mayor desgracia? Piensa en ello, no sea que, agobiadas ya
de males, sufriéramos otros más crueles todavía
si alguien oyese tus palabras. No tendremos ni consuelo, ni provecho
en merecer una fama gloriosa, si perecemos vergonzosamente. Lo
más amargo no es morir, sino desear la muerte y no poderla
alcanzar. Por eso, te lo suplico, reprime tu cólera, antes
que hayamos enteramente perecido y que toda nuestra raza haya
sido aniquilada. Yo tendré por no pronunciado lo que has
dicho y te guardaré el secreto. En cuanto a ti, comienza
por lo menos a ser prudente, y aprende, encontrándote sin
fuerzas, a ceder a los que son más fuertes que tú.
CORIFEO: Obedécela. No hay nada de lo más útil
para los hombres que no pueda adquirirse con la prudencia y la
sabiduría.
ELECTRA: No has dicho nada que no esperase de ti. Bien sabía
que rechazarías mis consejos; pero yo obraré sola
y por mi propia mano, y jamás dejaremos esto sin realizar.
CRISÓTEMIS: ¡Ah! ¡Pluguiera a los Dioses que
ese espíritu hubiese sido el tuyo, cuando nuestro padre
fue muerto! Todo lo hubieras llevado a cabo.
ELECTRA: Yo era entonces la misma en cuanto al pensamiento, pero
tenía el corazón más débil.
CRISÓTEMIS: Haz de modo que tengas siempre el corazón
así.
ELECTRA: Me adviertes con esas palabras que no me ayudarás.
CRISÓTEMIS: A mal comienzo, mal fin.
ELECTRA: Admiro tu prudencia y aborrezco tu cobardía.
CRISÓTEMIS: Un día también te oiré
alabarme.
ELECTRA: Jamás obtendrás eso de mí.
CRISÓTEMIS: El tiempo será bastante largo para
juzgar entre nosotras.
ELECTRA: Vete, puesto que no me prestas ayuda alguna.
CRISÓTEMIS: Así será, pero te falta un espíritu
dócil.
ELECTRA: Vea contar todo esto a tu madre.
CRISÓTEMIS: No estoy inflamada de tal odio contra ti.
ELECTRA: Sabe al menos cuánto me cubres de oprobio.
CRISÓTEMIS: No te aconsejo el oprobio, sino la prudencia
para ti misma.
ELECTRA: ¿Es preciso que me someta a lo que te parece
justo?
CRISÓTEMIS: Cuando seas prudente, entonces nos conducirás.
ELECTRA: Es cruel hablar bien y no obtener éxito.
CRISÓTEMIS: Tú hablas claramente de tu propio defecto.
ELECTRA: ¿Cómo, pues? ¿Te parece que he
hablado mal?
CRISÓTEMIS: Las acciones más justas dañan
algunas veces.
ELECTRA: Yo no quiero vivir conforme a tales reglas.
CRISÓTEMIS: Si procedes así, me alabarás
después del suceso.
ELECTRA: Obraré así, sin cuidarme de tus amenazas.
CRISÓTEMIS: ¿Es, pues, eso cierto? ¿No cambiarás
de propósito?
ELECTRA: Nada me es más odioso que un mal consejo.
CRISÓTEMIS: Parece que no te cuidas de lo que te digo.
ELECTRA: He resuelto ya eso desde hace mucho rato.
CRISÓTEMIS: Me voy, pues, porque tú no habías
de aprobar mis palabras, no más que yo apruebo tu resolución.
ELECTRA: Vuelve a la morada. No te acompañaré jamás
en lo sucesivo, cualquiera que sea tu deseo, porque es grande
tu demencia de perseguir lo que no existe.
CRISÓTEMIS: Si te crees prudente para ti misma, piensa
así; pero, cuando hayas caído en la desgracia, aprobarás
mis palabras.
(Entra CRISÓTEMIS en palacio.)
Estrofa I
CORO: ¿Por qué, pues, vemos a las aves que más
alto vuelan y que son más animosas preocuparse del sustento
de aquellos de quienes han nacido y que las han criado, y no obramos
del mismo modo? Pero, ¡por los rayos de Zeus y de Temis
Urania!, el castigo no perdonará por mucho tiempo a éstos.
¡Oh, Fama de los mortales, voz extendida de los que están
bajo la tierra, habla a los Atridas muertos y anúnciales
estos oprobios lamentables!
Antístrofa I
Diles el abatimiento de su morada, y que sus hijas, divididas
por la discordia, no están ya unidas por la amistad. Sola
Electra, abandonada, gimiendo por sus males infinitos, combatida
por un duelo sin fin, y, como el plañidero ruiseñor,
sin tener ningún cuidado por su vida, está pronta
a morir con tal que triunfe de esas dos Erinias. ¿Hay una
hija tan bien nacida?
Estrofa II
Nadie, siendo bien nacido, se resignará a deshonrar su
sangre, ni a dejar que la gloria de su nombre perezca. Y por eso,
hija, ¡oh, hija!, has querido mejor el destino común
a todos, para merecer la doble alabanza de ser discreta y de ser
una hija irreprochable.
Antístrofa II
¡Plegue a los Dioses que vivas tan superior a tus enemigos
por el poder y las riquezas como estás ahora agobiada por
ellos! Porque te veo menos abrumada por el destino que excelsa
por el respeto que tienes a las leyes sacratísimas que
florecen entre los hombres y por la piedad hacia Zeus.
(Entran ORESTES y PÍLADES con dos criados, uno de los
cuales porta una urna.)
ORESTES: ¡Oh, mujeres! ¿Estamos bien informados?
¿Hemos llegado adonde queríamos ir?
CORIFEO: ¿Qué buscas, y con qué intención
has venido?
ORESTES: Busco hace mucho tiempo dónde habita Egisto.
CORIFEO: Has venido completamente en derechura. El que te mostró
el camino no te ha engañado.
ORESTES: ¿Quién de vosotras anunciará en
la morada nuestra deseada presencia, a nosotros que hemos venido
juntos?
CORIFEO (Señalando a ELECTRA.): Ésta, si verdaderamente
conviene que uno de los allegados por la sangre lleve esa noticia.
ORESTES: ¡Ve, mujer! Entra y di que unos hombres focidios
buscan a Egisto.
ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿No
traéis las pruebas de eso que hemos oído hablar?
ORESTES: No sé qué rumor es ése, sino que
el anciano Estrofio[12] me ha ordenado traer una noticia que concierne
a Orestes.
ELECTRA: ¿Qué es ello, extranjero? ¡El terror
me sobrecoge!
ORESTES: Como ves, traemos lo poco que queda de él en
esta pequeña urna.
ELECTRA: ¡Infortunada de mí! ¡La cosa es,
pues, cierta! ¡Veo manifiestamente lo que me abruma!
ORESTES: Si te conmueves por la desgracia de Orestes, sabe que
su cuerpo esta encerrado en esta urna.
ELECTRA: Permíteme, te lo suplico por los Dioses, ¡oh,
extranjero!, tomar esa urna en mis manos, si él está
encerrado en ella, para lamentarme por mí y por toda mi
raza llorando sobre esas cenizas.
ORESTES: Quien quiera que ella sea, vosotros que conducís
esa urna, dádsela, porque no la pide con espíritu
enemigo, sino que es de sus amigos o de su sangre.
ELECTRA: ¡Oh, recuerdo de aquel que fue para mí
el más querido de los hombres, lo solo que quedas de mi
alma, Orestes, cuán diferente vuelvo a verte de lo que
esperaba de ti cuando te hice marchar! ¡Porque, ahora, te
tengo, cosa vana, entre mis manos, y te hice salir de esta morada,
oh, hijo, todo resplandeciente de juventud! ¡Pluguiera a
los Dioses que hubiese muerto cuando te envié a tierra
extraña, habiéndote sacado con mis manos y salvado
de la muerte! ¡Hubieras muerto aquel día y habrías
tenido la misma tumba que tu padre! y he aquí que has perecido
fuera de la morada, miserablemente desterrado en suelo extranjero,
y lejos de tu hermana. Y yo, desventurada, no te he lavado con
mis manos, ni retirado esta lamentable carga del fuego voraz,
como era justo. ¡Sino que, infeliz, has sido sepultado por
manos extrañas, y vuelves, pesando poco, en una estrecha
urna! ¡Oh, infortunada! ¡Oh, cuidados inútiles
que tan frecuentemente te he prodigado con tan dulce fatiga! Nunca,
en efecto, fuiste más querido para tu madre que para mí.
Ninguna otra, en la casa, sino yo sola, era tu protectora, y me
llamabas siempre tu hermana. Todo me falta a la vez en este día
con tu muerte, y, como una tempestad, me lo has arrebatado todo
al morir. ¡Mi padre ha perecido, yo soy muerta, tú
no existes! Nuestros enemigos ríen; nuestra madre impía
está insensata de gozo, porque me habías hecho anunciar
frecuentemente que volverías como vengador. Pero un Genio,
funesto para ti y para mí, lo ha deshecho todo, y trae
aquí, en lugar en lugar de tu querida forma, tus cenizas
y una sombra vana. ¡Ay de mí! ¡Oh, cuerpo mísero!
¡Ay! ¡Ay! ¡Oh, funesto viaje! ¡Ay! ¡Lo
has hecho, oh, queridísimo, para perderme! ¡Sí,
me has perdido, oh, hermano! Por eso, recíbeme en tu morada,
a mí que ya no existo, para que, no siendo ya nada, habite
conmigo bajo tierra. Cuando estabas entre los vivos, compartíamos
el mismo destino, y, ahora que estás muerto, quiero compartir
tu tumba, porque no creo que los muertos puedan sufrir.
CORIFEO: Tú naciste de un padre mortal, Electra. Piensa
en esto, Orestes también era mortal. Reprime, pues, tus
gemidos demasiado prolongados. Todos tenemos necesariamente que
sufrir.
ORESTES (Hablando para si mismo.): ¡Ay de mí! ¡Ay!
¿Qué diré? No encuentro palabras, y no puedo
ya contener mi lengua.
ELECTRA: ¿Qué dolor te turba, que hablas así?
ORESTES: ¿No es la ilustre Electra la que veo?
ELECTRA: Ella misma, y bien desgraciada.
ORESTES: ¡Oh, destino infelicísimo!
ELECTRA: ¡Oh, extranjero! ¿Por qué te lamentas
por nosotros?
ORESTES: ¡Oh, cuerpo indignamente ultrajado!
ELECTRA: Ciertamente, soy yo, no otra, la que tú compadeces,
extranjero.
ORESTES: ¡Ay! Tú vives desdichada y sin esposo.
ELECTRA: Extranjero, ¿por qué lloras al mirarme?
ORESTES: ¡Cuántos de mis males ignoraba todavía!
ELECTRA: ¿Por qué palabras mías los has
sabido?
ORESTES: Te he visto agobiada por numerosos dolores.
ELECTRA: Y, ciertamente, no ves sino poco de mis males. .
ORESTES: ¿Cómo se puede ver otros más amargos?
ELECTRA: Me veo obligada a vivir con asesinos.
ORESTES: ¿De quién? ¿De dónde procede
la desgracia de que hablas?
ELECTRA: Con los asesinos de mi padre. Y me veo forzada a servirles.
ORESTES: ¿Y quién puede forzarte a ello?
ELECTRA: ¡Mi madre! Pero no tiene nada de madre.
ORESTES: ¿Cómo? ¿Por la violencia o por
el hambre?
ELECTRA: Por la violencia, por el hambre, por toda clase de miserias.
ORESTES: ¿y nadie viene en tu ayuda ni te defiende?
ELECTRA: Ciertamente, nadie. No tenía más que un
solo amigo, del cual me has traído las cenizas.
ORESTES: ¡Oh, desgraciada, mucho rato hace que tengo compasión
de ti!
ELECTRA: Eres el único de todos los mortales que me tenga
piedad.
ORESTES: Sólo sufro yo también de los mismos males.
ELECTRA: ¿Serás de nuestra familia?
ORESTES: Hablaría si supiese que éstas eran amigas
nuestras.
ELECTRA: Amigas son. Hablarás ante mujeres fieles.
ORESTES: Deja, pues, esa urna, para que lo sepas todo.
ELECTRA: ¡Te suplico por los Dioses, extranjero, no me
la quites!
ORESTES: Obedece a mis palabras y no te verás defraudada.
ELECTRA: ¡Por tu barba! No me arrebates esta urna queridísima.
(Intenta quitarle la urna.)
ORESTES: No te es lícito conservarla.
ELECTRA: ¡Oh! ¡Desdichada, si se me priva de tus
cenizas, Orestes!
ORESTES: Habla mejor. No te lamentas justamente.
ELECTRA: ¿No me lamento justamente por mi hermano muerto?
ORESTES: No conviene que hables así.
ELECTRA: ¿Debo, pues, ser despreciada por él?
ORESTES: Por nadie; pero esa urna que tienes no te afecta en
nada.
ELECTRA: ¿Cómo? ¿Puesto que llevo las cenizas
de Orestes?
ORESTES: Las cenizas de Orestes no están ahí, si
no es en palabras.
ELECTRA: ¿Dónde, pues, está la tumba de
ese desgraciado?
ORESTES: En ninguna parte. Los vivos no tienen tumba.
ELECTRA: ¿Qué dices, hijo?
ORESTES: No digo nada falso.
ELECTRA: ¿Vive, pues?
ORESTES: Puesto que mi alma está en mí.
ELECTRA: ¿Eres tú, pues, Orestes?
ORESTES: Mira esta señal de mi padre y reconoce que digo
verdad.
ELECTRA: ¡Oh, queridísima luz!
ORESTES: ¡Queridísima! Lo atestiguo.
ELECTRA: ¡Oh, voz, ya te oigo!
ORESTES: No me busques, pues, ya.
ELECTRA: ¡Ya te tengo en mis brazos!
ORESTES: Y me tendrás siempre.
ELECTRA: ¡Oh, queridísimas mujeres; oh, ciudadanas,
ved a este Orestes que palabras astutas decían muerto y
que la misma astucia nos vuelve sano y salvo!
CORO: Ya le vemos, ¡oh, hija!, y, por causa de la alegría
de un tan feliz suceso, las lágrimas brotan de nuestros
ojos.
Estrofa
ELECTRA: ¡Oh, retoño, retoño de un padre
queridísimo, al fin has venido, has vuelto a hallar, te
has acercado, has visto a los que deseabas grandemente!
ORESTES: Henos aquí. Pero aguarda en silencio.
ELECTRA: ¿Qué es ello, pues?
ORESTES: Lo mejor es callar, no sea que alguien oiga en la morada.
ELECTRA: Pero, por la virgen Artemis que me protege, no hay nada
que temer de ese inútil rebaño de mujeres que están
en la morada.
ORESTES: Piensa, sin embargo, que el espíritu de Ares
está también en las mujeres, como tú misma
lo experimentaste en otro tiempo.
ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Ay! Me evocas el claro
recuerdo de la desgracia que nos hirió, y que no puede
ser ni olvidada, ni aniquilada.
ORESTES: Lo sé también, pero no es necesario recordar
eso sino en el momento preciso.
Antístrofa
ELECTRA: ¡Ah! Todo momento, todo momento es bueno para
declarar legítimamente estas cosas, porque he aquí
que puedo al cabo hablar con libertad.
ORESTES: Pienso como tú. Así, pues, conserva esa
libertad.
ELECTRA: ¿De qué modo?
ORESTES: No hablando largamente cuando ello es inoportuno.
ELECTRA: ¿Quién, pues, pensará que es prudente
callar en vez de hablar, cuando me es dado volverte a ver de pronto
y contra toda esperanza?
ORESTES: Me has vuelto a ver cuando los Dioses me han ordenado
volver.
ELECTRA: Me siento llena de una alegría aún más
grande al saber que un dios ha hecho que vinieses a esta morada,
porque pienso que ello es verdaderamente cosa de un dios.
ORESTES: No quisiera reprimir tu alegría; sin embargo,
tengo el temor de que te abandones a ella con exceso.
ELECTRA: ¡Oh, tú que, después de tanto tiempo,
has hecho este viaje afortunado, y que te has dignado mostrarte
a mí, viéndome agobiada de males! No me...
ORESTES: ¿Qué no debo hacer?
ELECTRA: No me prohíbas gozar del placer de tu presencia.
ORESTES: Me sentiría, por el contrario, muy irritado si
viese que se te prohibía.
ELECTRA: ¿Estás conforme, pues, conmigo?
ORESTES: ¿Por qué no?
ELECTRA: ¡Oh, amigas! Cuando supe esta noticia que jamás
había esperado, aunque estaba desesperada, escuché
muda y desventurada. Pero ya te poseo ahora; te me has aparecido,
ostentando tu amadísimo rostro que jamás he olvidado,
ni aun abrumada por las mayores desdichas.
ORESTES: ¡Basta de palabras superfluas! No me digas ni
que mi madre es mala, ni que Egisto, agotando la morada de las
riquezas paternas, las esparce y las disipa sin medida; porque
las palabras inútiles harían perder un tiempo propicio.
Infórmame más bien acerca de las cosas presentes,
di en qué lugar debemos aparecer, o permanecer ocultos,
para que reprimamos con nuestra llegada a nuestros insolentes
enemigos. Y ten cuidado, cuando hayas entrado en la morada, con
venderte, por tu semblante alegre, ante tu madre cruel; antes
bien, laméntate por la falsa desgracia que se te ha anunciado.
Cuando la cosa esté felizmente terminada, entonces será
lícito reír y regocijarse libremente.
ELECTRA: ¡Oh, hermano! Todo lo que te plazca me placerá
igualmente, porque recibo de ti y no de mí misma la dicha
de que gozo; y no me atreveré a serte importuna, aun con
la mayor ventaja para mí, porque serviría mal así
al Genio que nos es ahora propicio. Ya sabes las cosas que pasan
aquí, ¿cómo no, en efecto? Has oído
que Egisto está ausente de la morada y que mi madre se
encuentra en ella; pero no temas que ella vea en mí jamás
un semblante alegre, porque un viejo odio está inmutable
en mí, y después de haberte visto no cesaré
jamás de derramar lágrimas de alegría. ¿Y
cómo he de cesar de llorar, yo que, en un mismo momento,
te he visto muerto y vivo? Me has causado una alegría tan
inesperada, que, si mi padre volviese vivo, su vuelta no me parecería
ya un prodigio, y creería verle, en efecto. Puesto que
de este modo has vuelto hacia nosotros, conduce el asunto como
es tu propósito; porque, si hubiese estado sola, hubiera
alcanzado uno de estos dos objetos: o me habría gloriosamente
libertado o habría sucumbido gloriosamente.
ORESTES: Os aconsejo el silencio, porque oigo que alguien sale
de la morada.
ELECTRA: ¡Entrad, oh extranjeros! Por lo demás,
lo que traéis no encontrará nadie en esta morada
que lo rechace o que lo acoja de buen grado.
(Se presenta el PEDAGOGO.)
PEDAGOGO: ¡Oh, en extremo insensatos e imprevisores! ¿No
os cuidáis, pues, de vuestra vida, o habéis perdido
el juicio, que no os apercibís de que la desgracia está
cerca, o que, más bien, estáis sumidos en ella del
modo más peligroso? Si yo no vigilase desde hace mucho
rato delante de las puertas, los propósitos que meditáis
habrían penetrado en la morada antes que vosotros. Pero
yo he previsto eso. Así, pues, terminando los largos discursos
y los clamores alegres y sin medida, entrad; porque está
mal vacilar en tal empresa, y he aquí la ocasión
de obrar con una gran prontitud.
ORESTES: ¿Cómo se presentarán las cosas
cuando yo haya entrado?
PEDAGOGO: Del mejor modo, pues, por fortuna, nadie te conoce.
ORESTES: Seguramente has anunciado que había muerto.
PEDAGOGO: Sabe que eres aquí un habitante del Hades.
ORESTES: ¿Se regocijan con esa noticia? ¿Qué
dicen?
PEDAGOGO: Ya te responderé, terminado el asunto. Por el
momento, todo lo que atañe a ellos va bien, hasta lo que
es malo.
ELECTRA: ¿Quién es éste, hermano? ¡Dímelo,
por los Dioses!
ORESTES: ¿No le conoces?
ELECTRA: No me acude nada de él a la memoria.
ORESTES: ¿No te acuerdas ya de aquel en cuyas manos me
pusiste en otro tiempo?
ELECTRA: ¿De quién? ¿Qué dices?
ORESTES: ¿Cuyas manos, por tu previsión, me llevaron
a tierra focidia?
ELECTRA: ¿Éste es aquél? ¿El único
que encontré fiel entre todos, cuando mi padre fue entregado
a la muerte?
ORESTES: Éste es aquél. No me preguntes más.
ELECTRA: ¡Oh, amadísima luz! ¡Oh, único
salvador de la casa de Agamenón! ¿Cómo has
venido aquí? ¿Eres tú el que nos ha salvado,
a éste y a mí, de innumerables males? ¡Oh,
amadísimas manos! ¡Oh, tú, cuyos pies nos
han prestado un felicísimo servicio! ¿Por qué
me engañabas, cuando estabas presente, y no te revelabas
a mí, sino que, al contrario, me matabas con tus palabras,
teniendo por mí tan benévolos designios? Salud,
¡oh, padre!, porque me parece ver a un padre. ¡Salud!
¡Sabe que, de todos los hombres, eres el que en un mismo
día he más aborrecido y más amado!
PEDAGOGO: Basta. Numerosas noches y numerosos días transcurrirían,
Electra, si me fuese preciso referirte lo que ha pasado desde
aquel tiempo; pero a vosotros dos, que estáis aquí,
os digo que ha llegado el tiempo de obrar. Clitemnestra está
ahora sola y no hay hombre alguno en la morada; pero, si tardáis,
pensad que tendréis que combatir, juntamente con éstos,
a otros muchos enemigos más hábiles.
ORESTES: ¡No hay necesidad de más largos discursos,
Pílades! Es preciso entrar apresuradamente, habiendo saludado
primero las imágenes de los Dioses paternos, a todas, tantas
cuantas están bajo este propíleo.
(Entran en palacio ORESTES, PÍLADES y el PEDAGOGO.)
ELECTRA: ¡Rey Apolo! Escúchanos favorablemente,
a ellos ya mí, que frecuentemente he tendido hacia ti mis
manos llenas de presentes tanto cuanto he podido. Ahora, ¡oh,
Apolo Licio!, vengo a ti, suplicándote con palabras, la
única cosa que poseo; y te pido y te suplico que nos ayudes
benévolamente en esta empresa, y que muestres a los hombres
qué recompensas reservan los Dioses a la impiedad.
(Entra ELECTRA en palacio.)
Estrofa
CORO: ¡Ved adónde se precipita Ares[13], que respira
una sangre ineluctable! Entran en la morada los Perros inevitables,
vengadores de los crímenes horribles. Por eso no esperaré
más tiempo, pues va a realizarse el acontecimiento que
mi espíritu había previsto; porque el Vengador de
los muertos entra con pie furtivo en la morada en que están
las antiguas riquezas paternas, teniendo en las manos la espada
recién aguzada. Y el hijo de Maya, Hermes, cubriéndole
de tinieblas, le lleva a su objeto sin más tardar.
(Sale ELECTRA.)
ELECTRA: ¡Oh, queridísimas mujeres! Los hombres
van a llevar a cabo su obra, guardad silencio.
CORIFEO: ¿Cómo? ¿Qué hacen ahora?
ELECTRA: Ella prepara la urna funeraria y ellos están
de pie cerca de ella.
CORIFEO: ¿Por qué has salido?
ELECTRA: A fin de vigilar para que Egisto no penetre bajo este
techo por nuestra imprudencia.
CLITEMNESTRA (Desde el interior del palacio.): ¡Ay de mí!
¡Ay! ¡Oh, morada vacía de amigos y llena de
asesinos!
ELECTRA: Alguien grita en la morada. ¿No oís, oh,
amigas?
Estrofa
CORO: ¡Desgraciada! He oído clamores espantosos,
y estoy toda sobrecogida de horror.
CLITEMNESTRA: ¡Desdichada de mí! Egisto, ¿dónde
estás?
ELECTRA: Alguien grita de nuevo.
CLITEMNESTRA: ¡Oh, hijo, hijo! ¡Ten piedad de tu
madre!
ELECTRA: Pero tú no tuviste piedad de él en otro
tiempo, ni del padre que le engendró.
CORO: ¡Oh, ciudad! ¡Oh, raza miserable, tu destino
es perecer, perecer a la luz de este día!
CLITEMNESTRA: ¡Desdichada de mí! ¡Estoy herida!
ELECTRA: Hiérela de nuevo, si puedes.
CLITEMNESTRA: ¡Ay de mí! ¡Otra vez!
ELECTRA: ¡Pluguiera a los Dioses que Egisto lo fuese al
mismo tiempo que tú!
CORO: Las imprecaciones se han cumplido: viven aquellos a quienes
la tierra recubre. Los que han sido muertos vierten al fin a su
vez la sangre de sus matadores. Pero heles aquí, todos
cubiertos de sangre de la víctima sacrificada a Ares, y
no tengo nada que decir.
(Salen ORESTES y PÍLADES de palacio.)
ELECTRA: Orestes, ¿en qué va vuestra obra?
ORESTES: Todo va bien en la morada, si Apolo ha profetizado bien.
ELECTRA: ¿Ha muerto la miserable?
ORESTES: No tienes ya que temer en adelante verte ultrajada por
las palabras injuriosas de tu madre.
Antístrofa
CORO: Haced silencio, porque veo a Egisto.
ELECTRA: ¡Oh, hijas! ¿No entraréis?
ORESTES: ¿Dónde veis al hombre?
ELECTRA: Hele aquí. Viene hacia nosotros, alegre, saliendo
del arrabal.
CORO: Retiraos prontamente bajo el pórtico; acabad felizmente
lo que habéis felizmente realizado ya.
ORESTES: Tranquilízate; lo acabaremos.
ELECTRA: Haz, pues, pronto lo que has resuelto.
ORESTES: Heme aquí.
ELECTRA: yo me ocuparé de lo que es preciso hacer aquí.
CORO: Es preciso deslizar algunas dulces palabras en los oídos
de este hombre para que se lance imprudentemente en el combate
oculto de la justicia.
(Entra en escena EGISTO.)
EGISTO: ¿Quién de vosotros sabe dónde están
esos extranjeros focidios, que han venido a anunciarnos que Orestes
había perdido la vida en un naufragio de carros?
(A ELECTRA.)
Ciertamente, a ti es a quien hablo, a ti, digo, siempre tan tenaz
hasta aquí; porque creo que debes estar con gran cuidado
por esa noticia y debes saberla perfectamente.
ELECTRA: La sé, ¿cómo no había de
saberla? Estaría, en efecto, ignorante acerca de lo que
me es más querido.
EGISTO: ¿Dónde están, pues, esos extranjeros?
Dímelo.
ELECTRA: En la morada. Han recibido allí una hospitalidad
amistosa.
EGISTO: ¿Han anunciado que había seguramente muerto?
ELECTRA: Han puesto la cosa de manifiesto; no han hablado solamente.
EGISTO: Podemos, pues, asegurarnos de ello claramente.
ELECTRA: Sin duda, y es un espectáculo lamentable.
EGISTO: Ciertamente, contra tu costumbre, me causas una gran
alegría.
ELECTRA: Regocíjate, si ello es de naturaleza que te regocije.
EGISTO: Ordeno que se calle y que se abran las puertas, para
que toda la multitud de los micenios y de los argivos mire, y
que, si alguno de ellos estaba todavía lleno de esperanza,
desespere de la vuelta de ese hombre viéndole muerto, y,
viniendo a sanas resoluciones, acepte mi freno, sin ser obligado
a ello por la fuerza o por el castigo.
ELECTRA: He hecho lo que podía ser hecho por mí.
He aprendido al fin a ser prudente y a someterme a los más
fuertes.
(Se abren las puertas de palacio y le contempla un cadáver
tapado con un velo, y en pie a ambos lados de él le muestran
ORESTES y PÍLADES.)
EGISTO: ¡Oh, Zeus! Veo la forma de un hombre muerto por
la envidia de los Dioses. Si no es lícito hablar así,
no he dicho nada. Quitad ese velo fuera de mis ojos, para que
con mis lamentos honre a mi pariente.
ORESTES: Quítalo tú mismo. Toca a ti y no a mí
contemplar esos restos y hablarles afectuosamente.
EGISTO: Me aconsejas bien, y haré lo que dices. En cuanto
a ti, llama a Clitemnestra, si está en la morada.
ORESTES: Ahí está, cerca de ti. No mires ninguna
otra cosa.
EGISTO: ¡Desdichado de mí! ¿Qué veo?
ORESTES: ¿Qué temes? ¿No la reconoces?
EGISTO: ¡Desgraciado! ¿En medio de los lazos de
qué hombres he caído?
ORESTES: ¿No adivinas que hablas hace largo tiempo a vivos
como si estuviesen muertos?
EGISTO: ¡Ay! Comprendo esa palabra, y el que me habla no
puede ser otro que Orestes.
ORESTES: Aunque seas un excelente adivino, te has engañado
largo tiempo.
EGISTO: ¡Ay de mí! Soy muerto. Pero permíteme
al menos decir algunas palabras.
ELECTRA: Por los Dioses, hermano, no permitas que hable más
largo tiempo y prolongue sus discursos. ¿Para qué,
en efecto, cuando un hombre, presa de la desgracia, debe morir,
darle un poco de espera? Mátale, pues, prontamente, y abandónale,
muerto, a quienes le sepulten lejos de nuestros ojos, de una manera
digna de él. Ése será el único remedio
para mis largas miserias.
ORESTES: Apresúrate a entrar. No se trata ahora de discursos,
sino de tu vida.
EGISTO: ¿Para qué me conduces a la morada? Si la
acción que cometes es buena, ¿por qué llevarla
a cabo en las tinieblas? ¿Por qué no matarme al
instante?
ORESTES: No mandes. Ve adonde mataste a mi padre, para morir
en el mismo sitio.
EGISTO: ¿Estaba, pues, en el destino que esta morada viese
las calamidades presentes y futuras de los Pelópidas?
ORESTES: En cuanto a las tuyas, seguramente. En esto seré
para ti un adivino muy verídico.
EGISTO: Te envaneces de una ciencia que no poseía tu padre.
ORESTES: Hablas demasiado, y no das un paso. Marcha, pues.
EGISTO: Ve delante.
ORESTES: Es preciso que me precedas.
EGISTO: ¿Temes que me escape?
ORESTES: Ciertamente, no morirás como pretendes, sino
como me conviene, para que tu muerte no carezca ni siquiera de
esta amargura. Este castigo debería ser el de todos aquellos
que quieren ser más poderosos que las leyes, es decir,
la muerte. De este modo, los malvados serían menos numerosos.
CORO: ¡Oh, raza de Atreo, qué innumerables calamidades
has sufrido antes de libertarte por este último esfuerzo!
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